Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
¿ES JESUCRISTO LA SALVACIÓN DE NUESTRO MUNDO?
Comentario al evangelio del domingo 15 marzo 2015, Juan 3,14-21.
4º domingo de cuaresma
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Creer en Jesús es para nosotros la salvación, y lo es para todo el mundo. Ésta no es una frase vacía, es una realidad palpable en los verdaderos creyentes. Si este mundo, la humanidad entera, nuestra sociedad se abriera a la fe, a la gracia de Jesucristo, este mundo se salvaba, alcanzaba la vida plena, la vida verdadera, la vida a la que estamos llamados, no sólo los seres humanos, sino toda la creación. Pero este mundo, cada uno de los seres humanos, andamos buscando la felicidad, la realización de nuestras personas, en otras cosas, en cosas pasajeras, en el dinero, en los bienes materiales, en el poder, en el tener, en el Yo de cada quien, y esto nos lleva a la perdición que desgraciadamente estamos viviendo.

     Es necesario conocer a Jesucristo de cerca, estudiarlo en los santos evangelios, y dejarlo entrar a nuestra vida y a nuestro mundo.

     Nicodemo era un fariseo importante, un magistrado entre los judíos. El evangelista san Juan nos platica que llegó a visitar a Jesús de noche, para darnos a entender que Nicodemo era una persona atrapada en las tinieblas. Curioso dato, pero así nos lo platica el evangelista. Un fariseo no era una persona de vicios, de perdición en el sentido que nosotros la entendemos. Y sin embargo, aparece opaco frente a Jesucristo, el que es todo luz y claridad, gracia y salvación, un hombre plenamente del Espíritu; en cambio, Nicodemo, con toda su arraigada religiosidad judía, es un hombre de las tinieblas, y un hombre atrapado en las cosas de la carne. Porque los judíos, en la mentalidad del cuarto evangelio, vivían una religión de carnalidad o anticarnalidad, como podríamos considerar su apego a la circuncisión, a las prohibiciones de comidas y bebidas, al cumplimiento del sábado como institución por encima de las personas, en resumidas cuentas, una religión de meticulosidad y estrechez de mente y de corazón que contrastaba fuertemente con la religión de la libertad del Espíritu que vivía el Hijo de Dios (vean lo que le dice Jesús a Nicodemo en el versículo 8). Son pues dos religiosidades frente a frente, son dos maestros que se encuentran, dos maneras de vivir la fe en Dios diametralmente opuestas.

     A este maestro de los judíos, Jesucristo le hace una revelación que seguramente no ha de haber entendido ni aceptado, a no ser después de un proceso de formación en la fe en el Cristo. ¿Cuál es esa revelación? Que Dios ama al mundo. Los judíos, y menos los fariseos, creían en esta gran verdad. Para ellos, Dios solamente amaba a los suyos, a las gentes más religiosas, a los más cumplidores de la ley de Moisés. Pero no es así. Más aún, el amor de Dios por el mundo es tan grande que le ha entregado a su Hijo único, a su amado Hijo, para la salvación de este mundo, no para su condenación.

     Los cristianos cada día más estamos entendiendo que nuestra misión es hacerle llegar esta buena noticia a toda nuestra sociedad y a todo nuestro mundo, no sólo hacerles llegar la noticia verbalmente, sino trabajar a este mundo con todo nuestro ser para que abra su corazón a Aquel que se entrega plenamente para su salvación. Si este mundo, al igual que nosotros, aceptara a Jesús, con todo su mensaje, con su propuesta, con su vitalidad, este mundo sería completamente otro.
    
     No ha habido ser humano a lo largo de la historia, ni lo habrá, que haya vivido su corporalidad, su espiritualidad, su personalidad como la vivió el Hijo de Dios en su vida mortal. Éste es el Cristo que conocemos a través de los santos evangelios: el completamente gratuito, el completamente transparente, el que ama a los pobres, a los pequeños, a los marginados, el que se pone incondicionalmente del lado de los oprimidos, y con eso, del lado también de los opresores y de los indiferentes, el que se da a sí mismo por entero y sin medida, sin pedir nada a cambio, para que todos vivan.
 

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