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VIERNES SANTO: ¿TRIUNFA LA MUERTE O TRIUNFA LA VIDA?
Juan, capítulos 18 y 19.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Estamos celebrando el triduo pascual, los tres días más santos del año litúrgico: viernes, sábado y domingo. El viernes, la víspera, nos sentamos con Jesús a la mesa, como su familia, la nueva familia a la que él nos convoca en la fe y en su seguimiento, en la comunión con su causa, la voluntad del Padre que es el Reino de Dios, en la comunión de las personas. A esta mesa están convocados todos los seres humanos, y nosotros somos los encargados de hacerles llegar esa convocatoria de muy diversas maneras.
 
     Ya por la mañana, a medio día, pasando el medio día, celebramos los momentos más amargos para nuestro señor Jesucristo: su aprehensión en el huerto de los olivos, los dos juicios que se le hicieron, uno en un tribunal judío, otro en un tribunal romano; y de ambos salió condenado a muerte. Luego celebramos su crucifixión, la muerte de un inocente, la entrega plena y gratuita de la vida.
 
     ¿Cómo leer y celebrar la muerte de Jesús? Ahí está la clave. Podemos leerla en clave de magia, como si la muerte de Jesús fuera un dispositivo mágico de salvación. Generalmente así se hace su lectura. Nosotros queremos leerla y celebrarla y vivirla cada día en clave de evangelio. Jesucristo entrega la vida para convocar a este mundo a que se abra a esta voluntad del Padre. La entrega de la vida es la salvación de este mundo, salir de uno mismo, renunciar a sí mismo, despojarse en bien de la salvación. Es preciso por eso entrar en este camino de Jesucristo, en su seguimiento.
 
     La salvación plena es una gracia del Padre, pero es necesario abrirse a esa gracia entrando plenamente en el camino de Jesús. En esta clave leemos toda la vida de Jesús, cada uno de sus momentos, como momentos de salvación.
 
     Los invito a que repasen la pasión de Jesucristo en cada uno de los cuatro evangelios, tenemos tiempo en casa, y eso nos ayuda a permanecer en el espíritu de la muerte y sepultura de Jesús. El sábado santo no hay oficio litúrgico, nuestra liturgia será el silencio, la meditación, la escucha de la Palabra, la penitencia, la oración.

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