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EL MARAVILLOSO DIOS EN EL QUE CREEMOS
Comentario a las lecturas del domingo de la Santísima Trinidad. Mateo 28,16-20.
31 de mayo de 2015.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Hoy celebramos la fiesta de una verdad que antes nos aprendíamos en el catecismo: que creemos en un solo Dios verdadero que es al mismo tiempo tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Lo recitamos en el credo, cada domingo.

     ¿Creen ustedes que Dios es el creador de todas las cosas? Antes se pensaba que el mundo era muy pequeño. Cuando se escribió el libro del Génesis, el primer libro que aparece al abrir la Biblia, el conocimiento de nuestro mundo era muy local. No se sabía que la tierra era redonda, ni que le daba vueltas al sol. Se creía que la creación tenía sólo unos cuantos miles de años. Pero también creían que todo lo hizo Dios: el sol, la luna, las estrellas, las plantas, los animales, las personas. Se creía que Dios creó al hombre de manera inmediata y completa. Lo que nosotros propiamente recibimos de la Biblia no son verdades científicas, sino esta verdad de fe: Dios es el creador de todo, de todo lo que vemos y de todo lo que no alcanzamos a ver.

     Hoy día habría que decir que Dios creó el universo, el conocido y todo lo desconocido, que quién sabe cuándo vayamos a descubrir. Y alabamos y bendecimos a ese Dios creador, porque nos sorprende la inmensidad del universo, tan lleno de energía. Creemos que Dios creó este planeta tan hermosamente lleno de vida, el único que hasta el momento conocemos lleno de vida. No nos cerramos a que exista o haya existido o que existirá después otro u otros mundos llenos de desconocida vida. Alabamos y bendecimos al Autor de la vida. No nos imaginamos que las solas bolas de fuego como son las estrellas sean capaces de generar vida. Creemos que Dios creó al ser humano, no en un acto inmediato, sino a través de un proceso evolutivo, lento, que hablando de todas las especies puede tener miles de millones de años. Dios no es menos creador porque haya establecido este proceso evolutivo, sino al contrario, es un Dios más sabio al haber dotado la vida de su propio dinamismo. Y reconocemos esto en la fe porque es Dios mismo el que nos habla a través de sus obras maravillosas. Por eso lo alabamos y lo bendecimos: ¿qué es el hombre?, nos preguntamos con el salmo 8. Es la cúspide de su creación, y tantos seres humanos no nos sabemos apreciar y respetar como tales.

     Nuestra fe además nos dice que el creador de todas las cosas es un Padre, una persona que vive en comunión eterna con su Hijo y su Santo Espíritu. Es su Hijo Jesucristo el que nos ha venido a revelar la identidad y el corazón de este Padre amoroso y compasivo. Convendría hacer aquí todo un repaso de los cuatro evangelios recogiendo las enseñanzas de Jesús sobre este maravilloso Padre, pero vayan sólo algunos ejemplos: la oración del Padre Nuestro (Mateo 6), la entrañable parábola del Padre compasivo (Lucas 15); la oración al Padre en la última cena (Juan 17), el abandono en la providencia el Padre (Mateo 6), etc. ¿Nos relacionamos los que decimos ser creyentes, de una manera personal y cariñosa con este Padre? ¿Nos abandonamos con entera confianza en sus brazos amorosos? Contraproducente sería decir que creemos en Dios Padre, pero si con nuestra vida lo hacemos aparecer como un padre de hijos desnaturalizados.

     Creemos en su Hijo Jesucristo. Lo decimos porque conocemos a fondo los cuatro evangelios, y el testimonio que dan de él los demás escritos de la Biblia. Nos parece un Hijo maravilloso, en sus enseñanzas, en sus milagros, en su manera de mostrar y hacer llegar el amor de Dios a todos a partir de los más desamparados. Más sorprendente contemplamos su entrega plena de la vida en la cruz, después de haberla entregado paso a paso desde Galilea, desde su encarnación en el seno de la virgen. El Hijo ha asumido nuestra frágil carne mortal, para hacernos llegar su amor, no desde arriba, sino lado a lado con nosotros. Decimos que es el Salvador de esta humanidad porque en verdad que nos ha transformado a nosotros.

     Creemos en el Santo Espíritu de Dios. Ésta no es una mera expresión verbal. Creemos que el Espíritu de Dios trabaja siempre en la creación, transformándola, recreándola, y que actúa especialmente en nosotros, los seres humanos, de manera que si se lo permitimos, él puede hacer nueva a esta humanidad. Creemos que todo cristiano ha de dejarse conducir por él, como lo contemplamos en la vida de Jesús. Con toda humildad nos abrimos a la gracia de Dios derramada por su Santo Espíritu para que él vaya formando a Jesucristo en cada uno de nosotros. Así entendemos lo que escuchamos de Jesús en el santo evangelio: hagan discípulos a todas las gentes.

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