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EL MISTERIO DEL REINO
Comentario al evangelio del domingo 11º del tiempo ordinario
 Marcos 4,26-34.  14 junio 2015.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Estamos haciendo una lectura continuada del evangelio según san Marcos en los domingos de este tiempo ordinario. Contemplamos a Jesucristo sentado en una barca, a la orilla del mar de Galilea enseñando a la multitud. Se trata de una muchedumbre de gente humilde, la que habitaba en Cafarnaúm y sus alrededores. No son las gentes del poder romano, los cuales más bien vivían en Cesarea marítima, ni los líderes judíos, pues éstos habitaban en la ciudad de Jerusalén. Para su enseñanza Jesucristo se vale de parábolas: la parábola del sembrador, 4,3-20; la parábola de la lámpara, versículo 21, la de la medida, versículo 22; la parábola de la semilla que crece por sí sola, versículos 26-29, y la de la semilla de mostaza, versículos 30-32, estas dos últimas que proclamamos hoy.
 
     Con estas parábolas Jesucristo nos llama a la esperanza. Sus parábolas se refieren al Reino de Dios, ese proyecto tan grandioso que es un misterio de Dios pero que alcanzamos a vislumbrar como el mundo o el reinado del amor de Dios, de su justicia, de su paz, de la fraternidad verdadera entre todos los seres humanos. Se requiere de una gran fe para creer que este proyecto de Dios es posible entre nosotros. Jesucristo es una persona contemplativa de la calle, del campo. Sólo un contemplativo se deja sorprender por la naturaleza, por la manera como una semilla germina y crece y da fruto. Nosotros las gentes modernas y urbanas hemos perdido este sentido del misterio de la vida. Aprendamos de Jesús. Contemplemos cómo crecen las plantas a nuestro alrededor sin que nosotros tengamos que hacer nada para su crecimiento, si acaso regarlas de vez en cuando. Así germina y crece el Reino de Dios en esta humanidad. Su crecimiento depende de Dios, no de nosotros.
 
     Si le echamos un vistazo a nuestro mundo, como que más bien nos sentimos llamados a pensar que esto no tiene remedio. La violencia se está extendiendo, las cosas que pasan entre nosotros cada día son más graves y escalofriantes: aquellos niños que asesinaron a otro, aquella madre que mató a su esposo y a su hijo pequeño, los muertos, los desaparecidos, los asaltos,… Es difícil tener esperanzas de que esto un día, y pronto, será completamente diferente.
 
     Se nos antoja pensar, y a eso nos induce la mentalidad de este mundo, que si los gobernantes de las naciones del primer mundo se decidieran, las cosas cambiaban inmediatamente: si ellos quisieran, se acababa la guerra, la fabricación de armas, la contaminación atmosférica y de las aguas, el cambio climático, la corrupción y la muerte. El problema, pensamos nosotros, es que no se deciden a poner todos sus recursos económicos, políticos y militares al servicio de la paz del mundo.
 
     Jesucristo no ponía su esperanza en los poderes humanos sino en el poder de Dios, así como él hace crecer una semilla, cualquiera, que brota cuando hay humedad por esa fuerza interna que la ha imprimido Dios, la fuerza de la vida. De la misma manera, Jesucristo quiere comparar el Reino de Dios con una semilla de mostaza, la más pequeña de las semillas, pero que sin embargo, una vez que germina crece y crece hasta hacerse un arbolito capaz de dar cobijo a las aves que anidan en él.
 
     Jesucristo vive lo que enseña. Su esperanza de la llegada del Reino de Dios es firme. Éste llegará sin lugar a dudas, Dios es el garante de que así será. Y el Reino llega desde las cosas pequeñas. No es una empresa humana, no es con tecnología como llegará, no es con maquinaria gigante, no son los políticos o las gentes de dinero quienes lo hacen posible. El Reino de Dios llega desde los pobres, así lo vivió Jesucristo en aquellos pueblitos de Galilea, con los enfermos, los excluidos, los pequeños.
 
     Nosotros debemos sentirnos convocados a poner nuestro corazón en el Reino de Dios. No nos hagamos indiferentes a la situación actual de nuestro mundo. Otro mundo es posible, pero no porque la tecnología se haga cada día más sofisticada, sino porque el poder de Dios es capaz de hacer germinar de entre los pobres y los pequeños, no de los poderosos, esa realidad fantástica que sólo él sabe cómo será en el momento en que él también lo quiera. A nosotros lo que nos toca es entrar en su planes, en sus caminos, en sus tiempos.

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