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ALIMENTARNOS DE JESUCRISTO
Comentario al evangelio del domingo 19º del tiempo ordinario
9 agosto 2015
Juan 6,41-51.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Hace dos semanas proclamamos y escuchamos la señal de los panes que obró Jesús: les dio de comer a miles de gentes partiendo cinco panes de cebada y dos pescados que traía un muchachito que se desprendió generosamente de ellos.
 
     Después de la señal, Jesucristo nos explica a lo largo del capítulo 6 de san Juan lo que hay detrás de esta señal. Ya escuchamos el domingo pasado que ésta es una señal de la gratuidad de Dios, sembrada incluso en la gratuidad de este pequeño que traía los panes. Jesucristo lo que hace es resaltar las cosas: no son nuestras capacidades sino Dios el que nos da de comer, día con día, no sólo a nosotros hombres y mujeres de poca fe, sino a todas sus criaturas. El domingo pasado enunció Jesús que Dios no sólo nos quiere dar de comer con un pan o alimento que sólo nos dura unas horas en el estómago, porque muy pronto volvemos a tener hambre, sino un alimento que nos plenifica, que nos alimenta a plenitud: él en persona es el Pan que baja del cielo y que da vida al mundo.
 
     Cuando los judíos escucharon estas palabras de Jesús, empezaron a murmurar porque sabían que él era un simple galileo. Como conocían a su padre José y a su madre, ¿cómo decía que bajó del cielo? Pero ante cualquier persona, mucho más ante Jesús, nosotros debemos de preguntarnos si en verdad lo conocemos. Aquella gente sabía unos cuantos datos acerca de Jesús, pero Jesús era mucho más que simplemente el hijo de José y María. Pero para llegar a aceptar que Jesucristo era el Hijo de Dios, pues les hacía falta mucha apertura de corazón, de mente, de espíritu. ¿No les pareció suficiente la obra tan grande que acababa de realizar dándole de comer a toda una multitud con tan sólo cinco panes y dos pescados? Y nosotros que tenemos acceso a los cuatro evangelios, ¿no diremos que efectivamente sí es un ser humano que ha bajado del cielo? Porque ninguno de los mortales de carne y hueso como somos nosotros, ninguno es como Jesús, tan efectivamente preocupado por las multitudes, por su alimento, sobre todo por su alimento de vida eterna, por su salud corporal y espiritual, por su salvación temporal y eterna. Ningún ser humano se entrega por completo para la transformación profunda de nuestra humanidad. Lo vemos en cada uno de sus milagros, en cada una de sus enseñanzas, en su temple que conserva frente a sus adversarios, lo vemos en su ser tan absolutamente entregado en cuerpo y alma a sus hermanos hasta llegar a la cruz. Leyendo los cuatro evangelios nosotros sí sacamos la conclusión de que Jesucristo es un ser celestial, un hombre verdadero, pero venido del cielo, el Hijo de Dios.
 
     Pues bien, dice Jesucristo: "Yo soy el pan de la vida… Éste es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.
 
     Al escuchar estas palabras nosotros podemos pensar inmediatamente en la Misa, en el momento de la comunión. La celebración eucarística es ciertamente un momento privilegiado en el que nos alimentamos de Jesús, aunque hay que reconocer que no todos los católicos ni siempre somos conscientes de que nos alimentamos de Cristo. Si el 90% de nuestros católicos no asisten a Misa cada domingo, ¿cuántos más son los que no se alimentan de Cristo en este sacramento? Hay personas que duran años sin acercarse a comulgar, o que ya adultos ni siquiera han hecho su primera Comunión. Incluso, con perdón de ustedes, me atrevo a decir que muchos que se acercan a comulgar no son conscientes del alimento que reciben.
 
     Pero alimentarnos de Jesucristo no se reduce a la comunión en la Misa, sino que se trata de llegar a una plena identificación con él. Es necesario hacer toda una labor constante con nuestros católicos para introducirlos al estudio diario y permanente de los santos evangelios. Ahí va uno conociendo a Jesucristo, y es la manera segura de identificarse con él. Porque no podemos identificarnos con un Cristo que se nos ha vuelto fantasía, sino con el Cristo real, ése del que nos dan testimonio los evangelistas.
 
     Tenemos que convencernos y convencer a todos que alimentarnos de Jesucristo es el punto fundamental de nuestra fe y de nuestra religión. Lo demás es nada sin esto.

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