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¡ÁNIMO, LEVANTEN LA CABEZA!
Comentario al evangelio del domingo 29 de noviembre de 2015
1º adviento
Lucas 21,25-28.34-36.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     La palabra "adviento" viene de advenimiento. Jesús es el que viene a nuestro encuentro, no sólo personal sino al encuentro de todo este mundo tan precisado de su salvación, de su vida, de su amor. ¿Es consciente este mundo de su necesidad de Dios? Los católicos, ¿vivimos en esa actitud ansiosa de que Jesús venga de nuevo a regalarnos su presencia llena de gracia? Para eso es este tiempo litúrgico, para revitalizar nuestra esperanza.
 
     Empezamos este tiempo litúrgico repasando las palabras del propio Jesús estando con sus discípulos frente al templo de Jerusalén, a unos días de entregar la vida en una cruz por la salvación del mundo. "¿Cuándo sucederá eso?”, le habían preguntado los discípulos refiriéndose a la destrucción del templo. Jesucristo aprovecha el momento, ya que se va a ausentar físicamente de ellos, para formarlos en la esperanza. Va a venir la destrucción del templo, vendrán guerras y revoluciones, habrá señales en el cielo, los discípulos serán perseguidos, muchos hasta perderán la vida como el Maestro. Todo eso vendrá sobre ellos y nosotros, pero Jesús nos quiere fuertes. Todo eso ha venido sucediendo a lo largo de los dos milenios que tenemos de existencia como Iglesia, y faltan aún muchas cosas por suceder. Los cristianos no podemos ser débiles y miedosos ante el futuro, aunque las señales de momento sean negativas. ¿Qué es lo que nutre nuestra esperanza? Poner la mirada en Jesús.
 
     En el tiempo litúrgico del adviento estamos convocados a vivir con más intensidad lo que debe ser toda la vida cristiana. La vida humana es una aventura, una caminata por la historia. Ése es nuestro adviento existencial. Como humanidad estamos en proceso de formación, en evolución. En momentos pareciera que estamos retrocediendo, a la época de las cavernas, y a veces nos vemos inferiores a los animales. Pero no, estamos caminando hacia la plenitud, que es la meta para la que Dios nos ha creado. Somos algunos los que vemos a los seres humanos todavía muy cercanos a los animalitos de la creación, dejándonos llevar por nuestros instintos, aún bien anclados en las cosas de la carne, todavía distantes de ser seres plenamente espirituales, cuyo modelo lo tenemos en Jesucristo, el hombre perfecto, el hombre nuevo al que tiende nuestra humanidad. La violencia, el crimen, la delincuencia, las guerras, todo eso nos atormenta. Que eso no nos despiste de la realidad que vivimos de cerca: la injusticia, el egoísmo, la miseria de unos, la falta de libertades para la mayoría, el engaño que se da en la política y en nuestra religiosidad, etc. Esta no es la humanidad que el Creador  quiere.
 
     Sin embargo, los sacerdotes no estamos siendo formadores de nuestros católicos: nuestra gente no alimenta su vida y su espiritualidad con todos estos recursos con los que contamos para ser cada día más profundamente cristianos, y que debemos de potenciar en estos tiempos litúrgicos fuertes: la escucha de la Palabra de nuestro Maestro, en la Biblia, especialmente estos pasajes que nos ofrece la Iglesia, para que no batallemos en tratar de localizarlos en ese cúmulo de páginas que es la Biblia; los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, la oración; la caridad que no es limosna para con los más necesitados sino amor de justicia, la fraternidad entre nosotros los que nos decimos cristianos. En vez de potenciar estos recursos de nuestra fe, la inmensa mayoría de nuestros católicos se van a dejar atrapar por el ambiente decembrino, como se le llama a estos días en los medios de comunicación. Precisamente Jesús nos pone en guardia contra esta manera de vivir: "Guárdense de que no se hagan pesados sus corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre ustedes, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estén en vela, pues, orando en todo tiempo”, escuchamos en la lectura del evangelio. Por su parte, san Pablo nos exhorta a vivir en el amor: "Que el Señor los llene y los haga rebosar de un amor mutuo y hacia todos los demás, como el que yo les tengo a ustedes, para que él conserve sus corazones irreprochables en la santidad ante Dios, nuestro Padre, hasta el día en que venga nuestro Señor Jesús, en compañía de todos sus santos”.
 
     Hagamos llegar el mensaje del verdadero adviento a todos nuestros hermanos católicos. Que se la pasen rezando todo el día en la iglesia no es lo que queremos, sino que su vida se vaya nutriendo de espiritualidad, y no de cualquier espiritualidad, sino de la espera ansiosa de la llegada de la salvación definitiva que Dios nos envía en su Hijo Jesucristo.
 
     Los discípulos de Jesús vivimos con la cabeza levantada, con la frente en alto, con el espíritu positivo en que todo será siempre mejor, a pesar de los signos. ¿Por qué? Porque el Creador de este maravilloso universo y el Redentor igualmente maravilloso de esta humanidad, así como su Santo Espíritu, nos impulsan siempre hacia una nueva humanidad.

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