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VINO LA PALABRA DE DIOS
Comentario al evangelio del domingo 6 de diciembre de 2015
2º adviento
Lucas 3,1-6.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Fíjense bien en este pasaje evangélico que acabamos de escuchar. Dice que vino la palabra de Dios. Primero menciona a los gobernantes de aquel tiempo y lugar: Tiberio César, el de a mero arriba, luego sus subalternos en tierra palestinense. Son cuatro: Herodes Antipas, no el grande, Pilato, Filipo y Lisanias. Enseguida nos habla Lucas de los que mandaban en las cuestiones judías, los que detentaban el poder en el templo, en la ley y la vida del pueblo judío: Anás y Caifás.

     Pues a ninguno de ellos le fue dirigida la palabra de Dios. ¿Sobre quién vino entonces? Sobre un hombre que había dejado todo para ponerse en sintonía con los planes de salvación de Dios: Juan, el hijo de Zacarías sacerdote y de Isabel, ambos ancianos.

     Juan, por ser de estirpe sacerdotal podía haberse puesto a las órdenes de la clase sacerdotal, para oficiar en su turno en el templo de Jerusalén, ahí donde se centralizaba toda la vida religiosa, todo el culto, ahí en esa estructura donde se hacía presente Dios con su predilección por este pueblo elegido.

     Pero Juan no se dirige al templo sino al Jordán, en medio de los pecadores. Dios, nos dice la comunidad creyente de san Lucas, había cambiado de dirección. En vez de dirigirse a los buenos que se congregaban en el templo, se dirige a los pecadores, los que no se atreven a presentarse en el lugar más sagrado de los judíos. A partir de esta masa de pecadores va a resonar la buena noticia de la salvación de Dios, una salvación que es para todos los seres humanos, chicos y grandes, hombres y mujeres, los que tienen conciencia de ser pecadores, los que se creen buenos, los de dentro y los de fuera, los judíos y los extranjeros, para todos, pero a partir de los pecadores. Quien quiera escuchar la palabra de Dios que se dirija al Jordán de aquellos tiempos, que se dirija al Jordán de nuestros tiempos. Es necesario salir del templo e ir a las afueras, a la diáspora, a los ambientes paganos, a los lugares o más bien a las personas que viven atrapados en el ambiente del pecado, de la perdición, de la condena. A partir de ellos, nosotros tomamos conciencia de que todos somos pecadores, de que este mundo se destruye a sí mismo a causa de sus pecados.

     Al hablar del pecado del mundo o de los lugares del pecado, no pensemos solamente en aquellas partes donde se practica el sexo. Pensemos más bien en los lugares del poder, de la ambición, del dinero, de la diversión por la diversión, del egoísmo, de la violencia, así sea doméstica. Pensemos por eso en los hogares, en la calle, en los centros laborales, también en nuestras iglesias y grupos parroquiales, porque de todo hay entre nosotros, incluso en las altas jerarquías. No hay que decir que todos los seres humanos somos unos diablos, no, sino que todos tenemos que ser redimidos por la gracia de Dios, todos tenemos mucho de lo cual ser rescatados por la mano de Dios que es Jesucristo, al que estamos esperando para que todo esto se cumpla de una vez por todas, para que tengamos acceso a la plena felicidad a la que Dios nos ha convocado, ese mundo nuevo, esa nueva sociedad, ese hombre-mujer nuevo cuyo modelo es Jesucristo.

 


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