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CAMINAR SIEMPRE EN LA ALEGRÍA
Comentario al evangelio del domingo 13 de diciembre de 2015
3º adviento
Lucas 3,10-18.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Hoy las lecturas nos muestran dos caras de una misma palabra, la Palabra de Dios. Las primeras lecturas nos convocan a la alegría, mientras que la figura de un verdadero profeta, Juan bautista, nos llama a la conversión.
     El de hoy, domingo 3º de adviento, está representado en nuestras coronas por la vela rosada. Es pasar del morado penitencial al rosa que nos va asomando a la alegría del nacimiento de Jesucristo en medio de los pobres.
     "Canta, hija de Sión, da gritos de júbilo, Israel, gózate y regocíjate de todo corazón, Jerusalén”, nos dice el profeta Sofonías; y san Pablo, por su parte, completa con este imperativo: "Alégrense siempre en el Señor; se lo repito: ¡alégrense!” No sólo porque estamos cerca de la Navidad, sino porque así debe ser toda nuestra vida cristiana. Si Jesús ya vino a este mundo como la mejor y la única buena noticia que podemos recibir, si nos dejó su Evangelio tan lleno de sabiduría, si se ha quedado entre nosotros, si vendrá de nuevo a darle plenitud a todas las cosas, pues no podemos menos que estar siempre alegres, caminar día tras día en la alegría, vivir cada acontecimiento personal y comunitario, eclesial y social, como momentos de la salvación de Dios. Fuera la tristeza, estemos siempre alegres.
 
     Juan bautista era un hombre del desierto. Por su ascendencia sacerdotal él podía estar oficiando en el templo de Jerusalén en su debido turno. Pero prefirió atender el llamado de Dios para servir en su obra salvadora, anunciando al pueblo la llegada de la salvación en la persona de Jesucristo.
     Del desierto se fue al Jordán para invitar a todo mundo a la conversión. Su predicación era severa, no parecía una buena noticia; más sin embargo sí lo era, por el solo hecho de presentar a la Buena Noticia de Dios hecha carne, Jesucristo. Le decía a la gente: "¡raza de víboras!”. No tenía pelos en la lengua, no le temía a la muchedumbre, ni a las gentes del dinero, ni a los líderes religiosos, ni siquiera al que detentaba el poder político en Galilea, Herodes Antipas, quien lo mandó encarcelar.
     Al estilo y en conexión con el Antiguo Testamento, Juan nos habla del día de la ira de Dios: "ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles; árbol que no da buen fruto se corta y se echa al fuego”. Desde luego que no se refiere a las plantas sino a los seres humanos. Es necesario transformar nuestro mundo y a cada uno de los seres humanos desde la raíz. No se valen cambios cosméticos o superficiales.
     Como Juan le lanza tremendos gritos de conversión a la gente, y la gente había acudido, no con hipocresía o conveniencia, sino bien dispuesta a confesar sus pecados para ser perdonada, es por eso que le preguntan a Juan como lo hemos escuchado en el evangelio: ¿qué debemos hacer?
     La respuesta de Juan a la gente, incluida la respuesta a publicanos y soldados ahí presentes, nos abre a la verdadera Navidad que queremos celebrar para este mundo: "El que tenga dos túnicas que comparta con el que no tiene, el que tenga para comer, que haga lo mismo”; "No cobren más de lo establecido”; "No extorsionen a nadie ni denuncien a nadie falsamente, sino conténtense con su salario”.
     ¿Qué nos pediría Juan bautista a los sacerdotes y obispos, a los profesionistas, a los comerciantes, a padres y madres de familia, hijos/estudiantes, a los políticos, etc.? Eso que nos pediría san Juan es algo serio, es necesario para que la Navidad de Jesús, su nacimiento, sea una bella realidad para todos, especialmente para los más pobres. Todos estamos llamados a compartir, a abrir nuestro corazón al hermano. Los regalos de la Navidad responden a eso. San Nicolás, el verdadero santo clós de la antigüedad, les hacía regalos a los pobres, a los niños en especial. Gracias a Dios que nuestra sociedad va tomando conciencia de que la Navidad es precisamente eso, compartir con el que no tiene.
     Jesucristo no necesita ser festejado en su cumpleaños, o mejor dicho, el festejo que él quiere ya sabemos cuál es.
     Es por eso que Cáritas parroquial nos invita a servir una cena de navidad digna a alguna familia pobre.
     Muchos sacerdotes encontramos una felicidad especial celebrando con los pobres el nacimiento del Salvador. Antes que desear una fiesta con toda la parentela, preferimos reunirnos litúrgicamente al pie del pesebre con todos aquellos que se identifican más fácilmente con los pastores de aquel tiempo: los pequeños, los humildes y los sencillos de nuestros pueblos y colonias.

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