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DEBO OCUPARME EN LAS COSAS DE MI PADRE
Comentario al evangelio del domingo 27 de diciembre de 2015
La sagrada Familia
Lucas 1,41-52.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El evangelio según san Lucas nos transmite esta escena por demás extraña y hasta cierto grado escandalosa para nuestras buenas costumbres católicas, esas en las que queremos educar a nuestros niños. El Niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran. No se perdió, como generalmente le llamamos así a este momento de la vida de Cristo: "el niño Jesús perdido y hallado en el templo”. No se perdió sino que se quedó en la ciudad de Jerusalén sin avisar, cuando sus padres José y María ya habían emprendido el viaje hacia Nazaret. ¿Cómo debemos tomar esta escena? ¿Fue acaso un mal comportamiento del niño Jesús, un acto de desobediencia? ¿Nos está dando el pequeño Jesús un mal ejemplo para nuestros niños del catecismo? La intención de la comunidad evangélica de san Lucas no es ésta, desde luego. Lo que quiere acentuar es el paso que dio Jesús, y que todo niño cristiano debe dar, de la niñez a la madurez en la fe.

     Los doce años de edad eran para los judíos un límite biológico y cultural: hasta los doce años se era niño; a partir de los doce se entraba en la edad adulta o madurez en la fe. Los orientales antiguos no conocían la adolescencia que es propia de nuestros tiempos modernos. ¿Qué es lo que distingue a la etapa infantil de la madurez? La dependencia, la obediencia a los padres humanos y en general a los mayores. Un adulto, en cambio, depende de sí mismo, sabe conducirse, distingue lo que le conviene y lo que no, tiene capacidad para decidir, es capaz de hacerse responsable de sus actos, etc. Es todo lo contrario de un niño. Un niño tiene que ser alimentado, vestido, aseado, enviado a la escuela. En estos años de inseguridad social, los padres dejan y recogen a sus niños en la escuela. A un niño no se le confían responsabilidades. Por ejemplo, un niño no tiene responsabilidad penal ante la ley cuando comete un acto grave. Incluso la Iglesia se conduce con mucho cuidado cuando se trata de darle un sacramento a un niño, cuando se le trae al catecismo, etc. No puede proceder si no es con el consentimiento de sus padres.

     Nuestra sociedad moderna vive y celebra el paso de la infancia a la madurez humana en momentos diversos y de maneras diversas: a los doce, a los quince, a los 18 años, y en algunos casos hasta los 30 o 40 años. O de plano hay adultos que nunca dejan de ser niños dependientes de los mayores, no por causas biológicas sino por defectos en la educación.

     En Jesús, este paso de la niñez a la madurez era algo tan fundamental como el paso de la obediencia a sus padres a la obediencia a su Padre celestial. La frase clave es la del versículo 49: "¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?” Algunas Biblias traducen "casa”, como referencia al templo, en vez de "cosas”, pero ni el griego ni el latín dan pie para esa traducción. Esta frase es pues una declaración solemne. Como niño, verdaderamente humano, Jesús tenía necesidad de estar plenamente sujeto a sus padres. No nos lo imaginemos como un superdotado que se las sabía de todas, todas, mejor que un adulto. No es así. Él tuvo que aprender a caminar de la mano de sus padres. Sus padres lo tuvieron que cuidar para que no se hiciera daño, y para que nadie le hiciera daño, por ello se lo llevaron a Egipto, fuera del alcance de Herodes.

     Pero ahora él, en esa línea de los 12 años, pasará a estar sujeto a la voluntad del Padre de los cielos. Y los padres humanos deberán entender y respetar el ámbito de Dios, que sólo a él le pertenece. Así se lo hizo saber el niño Jesús a sus padres, quizá con un poco de brusquedad, a nuestro parecer, pero necesario así para que todos entendamos que el espacio de Dios debe ser distinguido y respetado. Nadie está por encima de Dios: ni nuestros papás, ni las autoridades o leyes civiles, ni el marido en relación con la esposa, ni el sacerdote ni el obispo. Dios, su santa voluntad, está por encima de todos, a él le debemos absoluta obediencia, subrayando eso de ‘absoluta’. Según el evangelio de hoy, más que celebrar la fiesta de la familia humana, estamos celebrando hoy que todos somos familia de Dios, en la que él es nuestro Padre y Madre.

     El versículo 51 dice: "Entonces volvió con ellos a Nazaret y siguió sujeto a su autoridad”. Más que referirse al futuro inmediato de Jesús, se trata de una mirada retrospectiva del evangelista, como un resumen de lo que fueron sus primeros 12 años: habría que traducirlo mejor así: "estuvo sujeto a ellos en Nazaret”, refiriéndose al pasado inmediato. El no entender bien este versículo, tal como lo recibimos en griego, nos ha llevado a pintar a Jesucristo, ya grande, de treinta y tantos años, en la casa de Nazaret, como un solterón al amparo de sus padres, como un infante que no ha acabado de madurar. Pero esta imagen corresponde más bien a nuestros tiempos y a nuestra cultura, no al evangelio. Nada nos dice el evangelista de lo que siguió a esos 12 años hasta que lo vemos en el Jordán, para iniciar su ministerio de predicación y de milagros. Debemos imaginárnoslo, más que encerrado en una casa al estilo occidental y moderno, en otros ambientes de alimento espiritual fuerte, al estilo de los orientales. Por ejemplo, el pequeño Samuel vivió en el templo de Silo desde los dos o tres años de edad.

     Más allá de nuestra familia carnal, esta decisión de Jesús de ocuparse en las cosas del Padre, debemos aplicarlas a nuestra sociedad y a nuestra Iglesia, sobre todo a esta última, porque ambas estructuras deben funcionar como organismos de adultos. En la sociedad los políticos y demás gentes del poder conducen las cosas como si los ciudadanos fueran infantes. Y desgraciadamente en nuestra Iglesia así se considera a los laicos. Pero nosotros estamos seguros de que Jesucristo quiere que todos lleguemos a la madurez de la fe.

 


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