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ABRIR EL CORAZÓN A LA MISERICORDIA DEL PADRE
Comentario al evangelio del domingo 6 de marzo de 2016
4º cuaresma
Lucas 15,1-3 y 11-32.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
     Nos ha tocado proclamar la parábola de la misericordia precisamente en este año santo de la misericordia. En realidad son tres las parábolas de Jesús que san Lucas junta en este capítulo 15 de su evangelio: la parábola de la oveja perdida, buscada y encontrada; la parábola de la moneda y la parábola del hijo que se pierde y que el Padre de la misericordia recupera.

     Comienza diciendo el evangelista que los publicanos y los pecadores se le acercaban a Jesús para escucharlo, y que él no los rechazaba sino que los recibía y que hasta compartía la mesa con ellos, como acertadamente lo criticaban los fariseos y los escribas, aunque sus críticas llevaban mala intención. Y la crítica de ellos tendría que ir más allá, porque Jesucristo no solamente se juntaba con publicanos y pecadores, sino también con gente impura, con enfermos, endemoniados, mujeres de mala vida, discapacitados, etc.

     Jesucristo les explica su comportamiento a escribas y fariseos por medio de las tres parábolas que les he mencionado. Y al escucharlas, uno ve la intención de Jesús de hacerlos entrar en el sentido común de las cosas. ¿Quién no se afana por algo que se le ha perdido? ¿Acaso hay alguien que pierda dinero, un cheque, un valor que luego no lo busque? ¿Acaso hay alguien que pierda su auto que lo dé inmediatamente por perdido? Solamente que sea alguien que tenga demasiados recursos económicos. ¿Acaso hay un padre o una madre de familia que pierda un hijo en un desfile, en un centro comercial, en un festival, etc., que no se ponga a buscarlo inmediatamente? Claro que no hay gente así. Todos nos ponemos a buscar lo que se nos ha perdido. Es lo que Cristo en su sabiduría nos quiere hacer ver.

     El Padre de los cielos no quiere que ninguno de sus pequeños se le pierda, lo dice Jesús según el evangelio de san Mateo a propósito de la parábola de la oveja perdida: "No es voluntad de su Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mateo 18,14). En san Lucas más bien lo leemos como una pregunta: ¿Quién de ustedes que tenga cien ovejas, qué mujer hay que tenga diez monedas y pierda una?

     Así les enseña Jesús a ellos, y a nosotros también, a sentir los procederes de Dios, a entrar en sus entrañas, en su corazón de Padre, en su misericordia. El Padre de los cielos no se encierra en sus resentimientos. Si este hijo se le fue y malgastó toda su herencia, la que tanto le costó al padre hacerse a lo largo de su vida, no por eso deja que su hijo permanezca en la perdición. Al contrario, se alegra, hace fiesta porque este hijo suyo ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado.

     En este año santo de la Misericordia, el Papa Francisco nos convoca a vivirlo con la conciencia de que somos pecadores, y que el Padre eterno, lejos de rechazarnos, tiene los brazos y el corazón abiertos para recibirnos, si en verdad nos decidimos a volver a él. No hay pecador que quede excluido de su amor. Sólo quienes de plano se excluyen a sí mismos.

     Esta cuaresma es un tiempo propicio para tomar conciencia de nuestros pecados y acercarnos humildemente a Dios, a su Palabra, a la comunidad creyente, a los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía. Los católicos debemos contagiarnos del proceder del Hijo de Dios abriéndonos a todas las gentes: a los que nos caen mal, a los que nos hacen daño, a los delincuentes de la sociedad, incluso a las gentes del crimen organizado. No para que caigamos en ingenuidades abriendo las cárceles y dejando libres a todos, desde luego que no, sino que lo que debemos hacer es abrir nuestro corazón a todos ellos, porque nuestro Padre Dios se alegra cuando un pecador, que soy yo también, se convierte y vuelve a él. Hay muchas medidas de precaución que debemos tomar sobre todo para proteger a los más débiles. Pero cerrar el corazón, o la venganza, o el castigo por el castigo, o la exclusión, todo eso no nos conduce por los caminos de Dios. Él no quiere que nadie de los suyos se pierda.

     Así como Dios, nosotros también debemos trabajar por una sociedad reconciliada. ¿Qué nos toca hacer a cada uno de nosotros para esto?


 

           

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