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EL AMOR DEL RESUCITADO
Comentario al evangelio del domingo 24 de abril de 2016
5º de pascua
Juan 13,31-35.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     El jueves santo nos sentamos a la mesa invitados por Jesús. Él estaba celebrando con nosotros su entrega de la vida que en unas horas se realizaría en una cruz. Como un pan que se da como alimento para las personas, así lo celebraba él con nosotros y para todo el mundo. Ahora, que estamos en el tiempo litúrgico de la pascua, volvemos a la mesa de la última cena, de la cena de siempre, de la cena eterna, pero con una óptica pascual, con el espíritu de la resurrección. Jesús no es una persona que haya quedado en el pasado, él sigue siendo nuestro Maestro, él sigue siendo y dándose como un pan para ser vida para este mundo, él nos sigue convocando a la mesa de la fraternidad. Así entramos en este pasaje de la última cena según la versión del evangelista san Juan.

     Jesús nos ha lavado los pies para explicitar su condición de siervo, siervo de Yahveh y siervo de la humanidad. Ser siervo es una gloria para Jesús, lo escuchamos también ahora de labios de Jesús: "Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre”. ¿Por qué para esta humanidad la gloria consiste en ser amos y señores? ¡Cómo nos afanamos por el poder! Por el poder perdemos nuestra dignidad humana, por el poder destruimos el mundo. El poder, el dominio, no es algo glorioso, es algo sumamente vergonzoso. El servicio es la gloria y la salvación, y nuestro modelo y nuestra fuerza es Jesucristo.

Pues bien, continuando en este tono de la gloria de Jesús, él nos deja su nuevo mandamiento. No está por demás repetir y detenernos en cada detalle:

     A pesar de que este mundo lo repite tanto, no deja de ser un mandamiento nuevo. La novedad nos entusiasma, la novedad viene de Dios. "Tanto amó Dios al mundo”, le decía Jesús a Nicodemo (Juan 3,16). El amor es de Dios. El amor es una gracia que Dios nos concede a los seres humanos, ¿por qué no abrir nuestro corazón a ese don tan precioso? En otro pasaje de los santos evangelios, Jesús nos había dado este otro mandamiento desdoblado en dos que es otro ángulo de vista del mandamiento que hoy escuchamos: "amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma… y a tu prójimo como a ti mismo” (veamos Mateo 22,38;  Marcos 12,30;  Lucas 10,27).

     "Que se amen los unos a los otros”, nos dice ahora en la última cena, nos lo enseña hoy. Lo hemos escuchado cantidad de veces pero lo que cuenta es que es una enseñanza que acogemos cada vez que nos sentamos a su mesa. A todos los católicos, a todos los seres humanos hay que hacerles llegar esta convocatoria de Jesús: vengan a la mesa de Jesús, él nos hace un lugar a cada uno. Sus primeros invitados son los pobres, los discapacitados, los últimos, los descartados de esta sociedad. A esta mesa de los pobres, también los ricos somos invitados. Si somos capaces de sentarnos con los pobres en igualdad, en fraternidad, entonces él se pone a servirnos, a servirse a sí mismo para la salvación de todos. La salvación de este mundo está en que nos amemos unos a otros. Eso está muy claro. Este mundo se destruye si nos odiamos unos a otros; el mundo no será un mundo humano si sólo sumamos a un montón de seres egoístas, si cada quien se ama a sí mismo, si cada quien vela por su propios intereses. La salvación de Jesús no es un acto de magia. La muerte de Jesús en la cruz no es un dispositivo mágico o automático de salvación. La salvación de Jesús es el amor de Dios que se derrama en nuestros corazones. Si nos amamos unos a otros, este mundo se salva, es mundo será otro, este mundo será el cielo nuevo y la tierra nueva, promesa de Dios.

     Para que no nos quedemos en el romanticismo al hablar del amor, porque del amor nos hablan las canciones, las telenovelas, las películas, las páginas de sociales, etc., Jesús nos dice: "como yo los he amado”. Para que no encerremos al amor en el círculo estrecho en que acostumbramos encerrar todas las cosas, según nuestras miopías y poquedades, permítanme repetir: Jesús nos dice "como yo los he amado”.

     ¿Cómo nos ama Jesús?, se debe preguntar siempre el creyente, y hacerle llegar su respuesta al mundo como una buena noticia. Jesús ama gratuitamente. Por eso ama a los pobres, a los pecadores, a los descartados, porque ellos no le pueden pagar, porque en ellos se manifiesta más palpablemente la gratuidad del amor de Dios. Jesús ama dando la vida. El amor que nos predica el mundo es generalmente un amor egoísta: te amo porque me reportas beneficios, te amo porque me haces feliz. Jesús ama porque quiere hacernos felices a nosotros, especialmente a los que más carecen de felicidad. "Ámense unos a otros como yo los he amado”.

 

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