Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


 
 
 
EL TIEMPO DEL ESPÍRITU
Comentario al evangelio del domingo 15 de mayo de 2016
Pentecostés
Juan 14,15-26.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Por Jesucristo nosotros sabemos que el Creador de todas las cosas es un Padre que nos ama. Él mismo nos enseñó a relacionarnos así con Dios, como un hijo con su Padre, en obediencia, en amor, en ternura. Jesucristo vivió ejemplarmente su calidad de Hijo. Toda su existencia terrena, y no se diga su eternidad, la ha vivido así, y así la infunde en nosotros.
 
     Y hay una tercera persona divina que el mismo Jesús nos ha revelado, no como una doctrina teórica, sino como una Persona con la que el creyente se relaciona en fe, en entrega, en obediencia, también en amor: es el Espíritu Santo. Cada uno de los santos evangelios nos da su propia versión de este misterio tan infinito que es la donación del Espíritu Santo. Es un misterio tan grande que cualquier manera de expresarlo siempre se queda corta, por eso son tan diversos los evangelios. Es cada comunidad evangélica la que así acoge la enseñanza de Jesús.
 
     Nosotros celebramos litúrgicamente la venida del Espíritu Santo a los cincuenta días de la pascua de resurrección de Jesucristo siguiendo la cronología de san Lucas, lo acabamos de escuchar en la primera lectura tomada del libro de los Hechos de los apóstoles. La palabra "pentecoste” significa en griego cincuentavo o quincuagésimo. Es el cincuentavo día después de la pascua, ya sea de la pascua de Jesús o de la pascua judía propiamente. Sin embargo, el evangelio según san Juan nos dice que la venida del Espíritu Santo está tan estrechamente relacionada con la resurrección de Jesucristo que ambas cosas suceden en el mismo domingo. Así lo leemos en el capítulo 20 de san Juan. Jesucristo se presentó con sus discípulos y sopló sobre ellos al Espíritu Santo. Ya desde la última cena les había hablado de este defensor o paráclito que el Padre les enviaría. Así continúa Jesús haciéndolo con nosotros, él es el que nos infunde su santo Espíritu. Jesucristo volvió con su corporalidad maravillosa a la comunión con el Padre eterno pero sigue presente entre nosotros actuando por medio de su santo Espíritu, porque la obra de la salvación o transformación de esta humanidad, como es el propósito de Dios nuestro Padre, ésa sigue adelante. La salvación realizada en Jesús, en su cuerpo crucificado y resucitado no era cosa de magia, que muchas veces así la presentamos. No. La obra redentora de Dios es un proceso que sigue su marcha siglo tras siglo hasta la consumación de todas las cosas. Y es el Espíritu Santo el que nos va conduciendo.
 
     En los santos evangelios, en toda la vida de Jesús contemplamos cómo él se dejó conducir por el Espíritu Santo. Fue concebido en el seno de María por obra del Espíritu Santo. Fue el Espíritu el que lo manifestó en el Jordán, no en el templo de Jerusalén; en medio de los pecadores, no en medio de los que se creían más santos. El Espíritu Santo lo condujo al desierto para ser tentado por el diablo. Debemos suponer que la fortaleza de Jesús frente a las tentaciones le venía del Espíritu Santo, y no de una súper humanidad o súper corporalidad de Jesús. Fue el Espíritu Santo el que lo consagró para llevar la buena nueva a los pobres, la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los presos, a proclamar el año o el tiempo de la gracia o de la gratuidad de Dios.
 
     En algunos movimientos religiosos, en algunos grupos se ha trivializado la acción del Espíritu Santo. Al Espíritu Santo se le atribuyen cosas que nada tienen que ver con el gran plan de salvación de Dios Padre. Porque la obra de Dios es la transformación de nuestro mundo, no tanto cosas que nos puedan llamar la atención como si él fuera un director de espectáculos. A Dios le interesa salvar a este mundo, no tanto entretenerlo.
 
     Así como a Jesús, el Espíritu Santo ha venido para conducir a la Iglesia y a cada uno de los cristianos (y hasta a los no creyentes, porque él trabaja a todos) para que esta creación llegue a ser como Dios la ha querido siempre. La obra del Espíritu es impregnar nuestro mundo del amor de Dios. El trabajo del Espíritu es conducirnos a la paz de Dios, a este mundo que padece tanta violencia. La labor del Espíritu es llevarnos a la justicia de Dios para los más pobres y débiles de nuestra sociedad. Esta obra rebasa con mucho nuestras escasas capacidades humanas. Como nosotros no podemos realizar tan grande obra, lo que nos queda es ponernos a la disposición de las mociones del Espíritu Santo, porque sólo Dios puede llevar a cabo sus santos propósitos.
 

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