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QUÉ DIOS TAN PADRE, TAN HERMANO, TAN ESPIRITUAL
Comentario al evangelio del domingo 22 de mayo de 2016
Dios Trinidad
Juan 16,12-15.
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
 
      Terminado el tiempo de pascua, al siguiente domingo inmediatamente, celebramos a Dios que es trinidad de personas. La siguiente no es una mera catequesis, es sobre todo la convocación a celebrar con gozo el misterio de nuestro Dios, un misterio que está cargado de salvación.

      A lo largo de milenios, los seres humanos hemos tenido el sentido natural de que hay un Dios creador de todas las cosas. Conocemos relatos de la creación en religiosidades americanas, en el oriente, en las culturas europeas. Y es que el hombre llega cuando ya todo está ahí. ¿Quién puso esto aquí? Pues un ser que es superior a nosotros.

     Sólo por Jesucristo nosotros hemos llegado a saber que el Creador de todas las cosas no es solamente un creador todopoderoso que creó todo con su infinito poder, que no es un ser desconocido, lejano a nosotros, y ante el cual nosotros debemos vivir con temor y temblor. No. Hemos escuchado en el evangelio unas palabras que Jesús nos dirige en la última cena. ¡Qué manera de hablar de Dios, qué manera de presentarlo mientras están sentados a la mesa! ¡Qué distinto es el Dios de Jesús!, que a fin de cuentas es el verdadero, qué distinta de aquella imagen de Dios que le presentaban los escribas y fariseos al pueblo. "Cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena… Todo lo que tiene el Padre es mío”.

     Jesucristo nos mostró el verdadero rostro del creador como un Padre que nos ama, que nos ama con ternura, que creó todas las cosas por amor, que nos creó a nosotros los seres humanos por amor, que nos ama a todos, especialmente a los más pobres, a los sufrientes, a los pecadores. Esta imagen de Dios es única, no la tienen las otras religiosidades, las numerosas religiones que hay en el mundo y que ha habido a lo largo de los siglos en esta larga historia humana. No solamente Dios es un Padre amoroso, sino que quiere que nosotros nos relacionemos con él en amor. Por eso su mandamiento, que Jesucristo hace suyo para nosotros, es que lo amemos con todo el corazón, con toda el alma, con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro ser.

     Jesucristo mismo nos enseñó a relacionarnos así con Dios, como un hijo con su Padre, en obediencia, en amor, en ternura. Jesucristo vivió ejemplarmente su calidad de Hijo. Toda su existencia terrena, y no se diga su eternidad, la ha vivido así, y así la infunde en nosotros. Él nos llama hermanos (ver Juan 20,17) y con eso nos mueve a vivir como verdaderos hijos de Dios. Jesucristo nos mueve también al amor a él, nuestro hermano. La nuestra no es una relación lejana y fría. Seguimos sus pasos, nos vamos absolutamente detrás de él porque nos ha cautivado, porque nos hemos enamorado profundamente de él, y queremos conocerlo más y más en el estudio de los santos evangelios. No estamos enamorados de una estructura eclesiástica que nos hemos fabricado los seres humanos, por muy religiosos que nos creamos, de ninguna manera, estamos más bien apasionados por Jesucristo.

     Y, les comentaba el domingo pasado, hay una tercera persona divina que el mismo Jesús nos ha revelado, no como una doctrina teórica, sino como una Persona con la que el creyente se relaciona en fe, en entrega, en obediencia, también en amor: es el Espíritu Santo. Hoy en el evangelio hemos escuchado de labios de Jesús acerca del Espíritu de verdad que nos va guiando hacia la verdad plena. Debemos estudiar al Espíritu Santo, su ser, su quehacer en la conducción de la Iglesia y de toda la creación, su trabajo en cada persona, su misterio, todo eso, en los santos evangelios, en libro de los Hechos de los apóstoles, en las cartas de los primeros cristianos. No podemos quedarnos con la imagen abaratada que en ocasiones, con buenas intenciones, nos hemos fabricado nosotros del Espíritu Santo. Mejor pidámosle a Jesús que continúe hablándonos de ese Espíritu. Hagámonos discípulos, no de nosotros mismos, sino del Espíritu Santo.

     Así pues, nosotros celebramos, los domingos especialmente, pero lo vivimos cada día, que nuestro Dios es un Dios comunión, y que nos llama a vivir en esa comunión, con él y con todos los seres humanos. Desde luego que esa comunión hay que construirla y discernirla a la luz y en obediencia a su Palabra.
       

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