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LO MÁS IMPORTANTE ES ESTAR CON JESÚS
Comentario al evangelio del domingo 17 de julio de 2016
16º ordinario
Génesis 18,1-10;  Lucas 10,38-42.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     En verdad que nuestro Dios no es un Dios lejano sino que es un Dios que sabe visitar a las personas. Lo vemos en la primera lectura, tomada del libro del Génesis, y también en la lectura evangélica, de San Lucas. Abraham, el modelo del creyente en el antiguo testamento, se da cuenta que Dios ha llegado a su casa. Sólo los creyentes, los que tienen el sentido de Dios, los que están atentos a su paso por sus vidas, los que tienen las antenas levantadas, son los que perciben el paso de Dios por sus vidas. Abraham, en cuanto se dio cuenta que era Dios el que lo visitaba en aquellos tres hombres, se levantó para suplicarles: "Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte”. ¿Nosotros estamos permanentemente pendientes del paso de Dios por nuestras vidas? Si no lo estamos, necesitamos trabajarnos en eso, porque Dios pasa pero no cualquiera se da cuenta. Hay gente bien despistada en esta vida, se deja absorber por sus afanes. Es necesario desarrollar, poco a poco, el sentido de la presencia de Dios. Y cuando Dios pasa junto a nosotros, hay que saberlo retener, que se quede, como los discípulos de Emaús, aún sin darse cuenta que era Jesús el que los acompañaba por el camino, lo invitan a pasar a su casa: "quédate con nosotros, porque ya es tarde”.

     En su camino hacia Jerusalén, Jesús necesitaba hospedarse en los pueblitos a su paso y en las casas de aquellas pobres gentes. Cuando llegó a un pueblo de samaritanos, no le quisieron dar hospedaje, porque supieron que se dirigía a Jerusalén. ¿Recuerdan? Es Lucas 9,53. Pero más delante, estas dos mujeres, Martha y María, le abren las puertas de su casa y le dan alojamiento. Es de notar que Jesucristo le dé cabida a estas dos mujeres en su caminar, porque los maestros y rabinos de aquel tiempo y de aquella cultura tan machista, no se detenían con las mujeres, no las tenían por discípulas. Jesucristo sí.

     Estas dos mujeres representan a dos clases de personas, a dos clases de creyentes pero también de seres humanos en general. Martha representa el activismo, los quehaceres, las cosas. Yo también quiero pensar en el que se llena de rezos, de devociones, de ceremonias, pero carece de la escucha. María representa la contemplación, la escucha atenta, la atención personal, la persona por encima de las cosas y los quehaceres. Una se detiene a escuchar a Jesús, la otra se dedica, con toda seguridad a prepararle cosas a Jesús, pero se desentiende de su persona.

     Así somos las personas en las cosas del mundo: hay padres de familia que hacen muchas cosas por sus hijos, les dan de comer, los mandan a la escuela, los visten, los calzan, les dan para sus diversiones. Hay otros que le dedican tiempo a sus hijos, que platican con ellos, que salen con ellos, que los escuchan, que están pendientes de sus problemas, de su estado de ánimo, de su rendimiento. A la larga se ven los resultados: estos segundos crecen de manera más integral, y los lazos de afecto con sus padres son muy fuertes y profundos. Esto mismo se palpa en el ambiente laboral, en las amistades, en la misma Iglesia. La atención personal está muy por encima del simplemente brindar cosas.

     El verdadero creyente es un verdadero discípulo, escucha a Jesús, cultiva su amistad con él, lo contempla en la oración, acoge su Palabra en los santos evangelios cada día, lo busca en aquellos con los que Jesús se identifica, es decir, los más necesitados. No es lo mismo llevarles cosas a los pobres que detenerse a platicar con ellos, a estar con ellos, a compartir con ellos, religiosamente con ellos.

     El verdadero creyente no se deja atrapar por el trabajo, por los pendientes, por la falta de tiempo en detrimento de la amistad con Jesús. El verdadero creyente le sabe dar prioridad al estar con Jesús. No piensa que es tiempo perdido el estar con Jesús.

 

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