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CATÓLICOS, ÉCHENLE GANAS A SU FE
Comentario al evangelio del domingo 21 de agosto de 2016
21º ordinario
Lucas 13,22-30.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     En su camino de Galilea a Jerusalén, donde le espera el momento culminante de su entrega de la vida por esta humanidad, Jesucristo va recogiendo innumerables experiencias del pueblo: inquietudes, preguntas, peticiones, necesidades, sufrimientos, alegrías, etc. Él no era un peregrino más a la ciudad santa, él vivía intensamente su misión de evangelizar a los pobres, tal como nos lo había dicho desde el capítulo 4 en la sinagoga de Nazaret.
 
    La pregunta de este hombre nos revela las inquietudes de muchas personas. Algunos se preguntan tal cual si son pocos los que se salvan. Algunos se preguntarán al revés, convencidos de la misericordia de Dios, ¿habrá quien de veras se pierda irremediablemente en el infierno? Pero muchos otros se preguntan ¿cómo es la eternidad de Dios que nos espera? Indudablemente que es una eternidad amorosa, porque por amor fuimos creados. Pero hay incluso, y cada día son más, los que ya no creen en la resurrección de los muertos.
 
     Jesucristo no responde directamente a esta pregunta diciendo si son pocos o muchos, pero sí nos enseña algo que es más necesario para nosotros: "esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”. Y nos advierte: "Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’”. Por eso mejor debemos preguntarnos ¿cuál es la puerta angosta, cuál es la puerta ancha? Todos, en nuestro lenguaje popular sabemos a qué se refiere esta figura. El esfuerzo nos lleva adelante, la dejadez es un atraso. Los atletas, los deportistas (ahora que estamos viviendo las olimpiadas) que se disciplinan, que se someten a renuncias, a dietas, a horarios, esos son los que progresan. En cambio, los que sólo saben divertirse, los flojos, los apáticos, los consumistas, esos no progresan en nada. Es necesario exigirse a sí mismo. Esto lo decimos desde una mentalidad popular.
 
     (Entre paréntesis, yo quisiera, ante las críticas por la carencia de medallas en la delegación olímpica mexicana, que todos ellos están ahí por méritos. Todos ellos vivieron un proceso largo de selección que los colocó en esa justa deportiva. Hay que reconocerles eso. Por eso yo me atrevo a felicitarlos).
 
     Pero más allá del simple esfuerzo, lo que a nosotros nos interesa es cómo nos expone Jesucristo la puerta angosta a lo largo de sus enseñanzas en los santos evangelios. La de Jesús no es una disciplina farisaica, religiosista, rigorista, moralista, cultualista. No podemos pensar que la puerta angosta son los actos de piedad, de devoción, las prácticas religiosas, la penitencia, los sacrificios. Si fuera esto, le preguntaríamos a Jesucristo ¿por qué tus discípulos no ayunan? (ver Lucas 5,33).
 
     Ésa no es la puerta angosta de la que habla Jesús. La puerta angosta es el camino de Jesús, el seguimiento de sus pasos. Recordemos algunas exigencias que el mismo Jesús nos presenta:
     "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Lucas 9,23).
     "Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian” (Lucas 6,27).
     "Todo cuanto tienes véndelo y repártelo entre los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego, ven y sígueme” (Lucas 18,22).
     "Sean compasivos, como su Padre es compasivo” (Lucas 6,36).
     "El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna” (Juan 12,25).
 
     A todos nuestros católicos hagámosles llegar este mensaje de Jesús: "esfuércense por entrar por la puerta que es angosta”. Digámoselo aunque que sea con otras palabras: ‘échenle ganas a su fe, la dejadez no les sirve de nada, ni a ustedes ni a nuestro mundo’. ‘Sirvan a la Iglesia y al mundo, con su tiempo, con sus energías, con sus cualidades’. ‘Estudien la palabra de Jesús en los santos evangelios cada día’.
 
     Este catolicismo ‘lait’ que nos hemos inventado no sirve de nada, sólo nos entretiene, pero no nos salva.

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