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LA GRATUIDAD NO QUITA LO EXIGENTE
Comentario al evangelio del domingo 4 de septiembre de 2016
23º ordinario
Lucas 14,25-33.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Jesucristo va caminando hacia Jerusalén. Recordemos que el evangelista, al finalizar el capítulo 9 nos dijo que Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén. Como no era un viaje cualquiera a la ciudad santa, como lo hacían tantos peregrinos para presentar alguna ofrenda o sacrificio, Jesucristo tenía que afirmarse en su voluntad en este viaje porque el sacrificio iba a ser él mismo, había de vivir ahí el momento culminante de su vida terrena.
 
     En esa caminata hacia la ciudad de Jerusalén, mucha gente lo va siguiendo… también nosotros. En un momento dado, Jesucristo se vuelve para aclararnos a todos: esto se necesita para que sean mis seguidores. Este ‘alto’ en el camino detrás de Jesús, es absolutamente necesario. No se puede caminar detrás de Jesús sin tomar conciencia de qué se trata. ¿Por qué venimos caminando detrás de Jesús? En términos de hoy día, tenemos que decir que somos muchos, muchísimos los católicos que nos consideramos discípulos de Jesús o cristianos. En nuestro país somos el 82%. Pero ¿de veras somos tantos? ¿Somos verdaderamente cristianos? Incluso los clérigos de altas o bajas jerarquías, ¿somos en realidad discípulos de Jesús?
 
     Debemos de sorprendernos de las exigencias que nos presenta Jesús. Es posible que muchos católicos estén en la idea que sólo se trata de ser católicos, de creer en Dios, en la virgen y en los santos, como una mera creencia mental; en tener una que otra devoción o acto religioso, aunque sea ocasional. Lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio contradice radicalmente esta mentalidad. No se trata de ser católicos de esa manera. Por eso, hay que decirlo en este mes de la Biblia, es tan importante que todos nos acerquemos a conocerla, a conocer y a estudiar detenidamente los santos evangelios, porque sólo la Palabra de Jesús puede ir haciendo los cristianos que él quiere.
 
     En este pasaje distinguimos tres exigencias. La primera: "Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo”. Esta es la traducción del leccionario litúrgico. En la Biblia de Jerusalén lo leemos así, con palabras muy fuertes: "Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre…” Esta palabra, ‘odiar’, nos puede producir escándalo. En realidad no se trata de que Jesucristo nos pida odiar al prójimo, porque ya sabemos que él nos pide amar a las personas, pero es una manera de presentar la opción radical por Jesucristo. Como que no hay palabras para decirlo de otra manera, porque si usamos la palabra ‘preferir’, como que no se expresa esa decisión única por Jesucristo. El Hijo de Dios no es nuestro preferido entre muchos, sino el único. Yo siempre utilizo este ejemplo para entender con más claridad la palabra original que leemos en el evangelio: el marido no le puede decir a su mujer que ella es la preferida. Si se lo dijera, ella entendería que hay otra u otras.
 
     Así es que ante esta exigencia debemos revisar todos los católicos nuestra vida, nuestras cosas y nuestras relaciones con las personas. ¿En qué lugar de nuestras vidas colocamos a Jesús? ¿De veras está en un lugar único? Quien coloca a Jesús en un lugar único en su vida, se entrega con todo su ser a su obra. Aquí debemos de ver que Jesucristo está proponiendo esta exigencia no para los que quieran ser religiosos, o clérigos, o misioneros en tierras lejanas, sino para todos, para todos los que quieran ser sus discípulos, sin distinciones, simplemente cristianos o católicos. No nos ha favorecido a la Iglesia presentar esta condición de Jesús como si sólo fuera para unos cuantos. En este tono debemos acoger las otras dos exigencias de Jesús: "el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”, y "el que no renuncie a todos sus bienes”.
 
     ¿Nos parecen muy fuertes estas exigencias? Jesucristo nos habla de sentarnos a hacer nuestros cálculos. Es decir, que no debemos ser católicos nomás porque sí, nomás porque nos bautizaron de niños, o por costumbre. Ese catolicismo ‘lait’, ligero, cómodo, que nos hemos inventado, no es el que quiere Jesucristo. No sirve para nada, no le sirve a una persona porque nomás la entretiene, no le sirve a este mundo para salvarse.
 
     Echémosle ganas a nuestro seguimiento de Jesús, respondámosle con toda nuestra persona, con todo nuestro ser, no seamos católicos a medias, a penas. Entreguémonos enteramente a la obra de Jesús.

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