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¿DE QUÉ DIOS ESTAMOS HABLANDO?
Comentario al evangelio del domingo 11 de septiembre de 2016
24º ordinario
Lucas 15,1-32.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     ¿Qué lugar ocupa o debe ocupar la Palabra de Dios en nuestra vida cristiana? Sólo es cristiano el que se sabe llamado por Dios, llamado no sólo en un principio para quedarse con ese llamado inicial, sino saberse constantemente llamado, y responder a ese llamado. El que sólo vive su vida como una rutina religiosa, esa persona no puede considerarse realmente cristiana. Renovemos en este mes de la Biblia nuestra conciencia de ser escuchas de esa Palabra que nos llama, que nos convoca. Con esta idea acogemos el evangelio de hoy.
 
     ¿Por qué nos cuenta Jesucristo estas tres parábolas? No pasemos por alto el motivo. Los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús y él los recibía con mucho gusto. Los fariseos y los escribas lo criticaban por eso diciendo: éste recibe a los pecadores y come con ellos. Es la relación de Jesús con la gente de mala fama lo que provoca escándalo en los más religiosos. ¿De qué lado estamos nosotros al escuchar este pasaje evangélico? Todos decimos ser pecadores, con falsa o verdadera humildad. Pero la verdad es que estamos del lado de la gente más religiosa. Por eso debemos plantearnos con honestidad: si Jesús viniera de manera corporal en nuestros días, ¿dónde estaría colocado? ¿Lo veríamos aquí encerrado en el templo? No lo hizo en aquel tiempo, tampoco lo haría ahora. Nosotros hemos cambiado de lugar, pero él no, él sigue donde mismo. Y desde ahí desde los más pecadores continúa llamado a los que se creen menos pecadores.
 
     Las tres parábolas son una explicación contundente acerca de su conducta: ¿por qué Jesús acoge a los pecadores, les enseña, los llama, los atiende, les habla de Dios? Por una cuestión de sentido común, podríamos decir nosotros traduciendo el evangelio. Sí, de veras, es algo que vivimos nosotros en nuestra vida ordinaria. ¿Quién de ustedes?, comienza preguntando Jesús. Fijémonos bien que así empieza su primera parábola, dirigiéndonos directamente la pregunta. Desde nuestra vida debemos responderle. ¿Quién no ha vivido innumerables veces la experiencia de haber perdido algo muy valioso y posteriormente recuperado? No a partir de una idea, sino de una vivencia, Jesucristo nos quiere evangelizar. Pues así es la experiencia de Dios Padre cuando recupera a uno de sus hijos que se le ha perdido, como cualquiera de nosotros que recupera a una oveja, a una moneda, no se diga a un hijo. Siempre nos alegramos cuando encontramos las cosas que se nos pierden. Hagan memoria, no solamente lo escuchemos.
 
     Pero cuando se trata de personas que nos han hecho daño, entonces nos cuesta más alegrarnos y hacer fiesta cuando esa persona se convierte. A nosotros nos cuesta, pero Dios Padre se alegra cuando un pecador se convierte de su antigua vida. Estas parábolas nos hablan claramente del Dios que Jesucristo les presenta a todas las gentes, un Dios distinto del que los fariseos proclamaban. El Dios de Jesús es un Dios cuya cualidad principal es la misericordia. Jesucristo encarna y hace visible y tangible a ese Dios misericordia.
 
     Nosotros mismos busquemos convertirnos y vivir la alegría de la conversión. Y si se trata de la conversión de los que nos dañan, también entremos en la alegría de Dios nuestro Padre. Jesucristo nos quiere contagiar su alegría, porque él así vivía el que los pecadores se le acercaran, como ni los mismos fariseos lo hacían.
 
     Estas parábolas también manifiestan la imagen de la Iglesia que Jesucristo quiere que seamos, una Iglesia que no se encierra en el culto y en los rezos, sino que sale a buscar a las personas que se están perdiendo, y nosotros mismos tomemos conciencia de que también somos pecadores, pecadores que salen a buscar a los pecadores, porque, como el Padre de la misericordia, queremos que este mundo no se pierda, sino que tenga vida, vida verdadera, vida plena.


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