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O EL DIOS VERDADERO O EL DIOS DINERO
Comentario al evangelio del domingo 18 de septiembre de 2016
25º ordinario
Lucas 16,1-13.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Jesucristo nos sorprende con esta parábola porque parece que, en boca del dueño de la hacienda, nos está invitando a ser tan deshonestos como este administrador. Entre paréntesis digamos que este administrador se parece tanto a la manera de proceder de nuestra sociedad, en tantos casos (al que le caiga el saco, que se lo ponga). Pero al contrario, tenemos que reconocer que entre nosotros hay muchos ciudadanos muy honestos, que serían incapaces de hacer trampa, aún teniendo el cajón del dinero al alcance de la mano. Pero también reconozcamos que la honestidad no es generalizada sino todo lo contrario. Este administrador de la parábola parece ser un retrato fiel que hace nuestro señor Jesucristo de muchos funcionarios públicos (no es necesario decir nombres). Pero también la corrupción penetra hasta nuestra Iglesia. Cuántos católicos, tristemente, se han prestado para hacer trampa en la papelería y en el testimonio que presentan en las oficinas parroquiales.
 
     Jesucristo no felicita a este administrador por su corrupción, más bien lo está denunciando. Pero su intención es más bien llamar nuestra atención para que nos fijemos que la gente del mundo es más astuta en sus negocios y en sus movidas que los hijos de la luz. Así nos llama Jesucristo a los que somos suyos: ‘hijos de la luz’. Bella denominación. ¿Nos viene adecuada o se refiere a otros?
 
     Las gentes de este mundo son astutos, son de iniciativa, le buscan, se mueven, se mantienen ideando cosas para abrirse camino, para colocar sus productos. El mundo tiene sus recursos y sus mecanismos, su dinamismo fuerte, promueve sus ideologías, su mentalidad. Se afana por lo suyo.
 
     En cambio, nosotros, los católicos, somos muy pasivos en nuestra obra de evangelización. Siempre estamos a la zaga. Somos tímidos, apocados, pareciera que el Evangelio no es la buena noticia para el mundo. Nos da vergüenza dar testimonio de Jesús. Los creyentes como que nos encerramos en los rezos y en nuestras devociones. Por eso no convencemos a nadie. La jerarquía se queja de la ideología de género, de los libros de texto, etc., pero no promovemos una buena educación en nuestros grupos de niños, adolescentes y jóvenes. Tenemos unos cuantos grupos pequeños. ¿Qué acaso estamos esperando que el gobierno y la sociedad hagan el trabajo que a nosotros nos toca? Aceptemos esta sacudida o estrujada que nos da nuestro Señor. Seamos audaces. Formemos a nuestros católicos en la astucia evangélica.
 
     A propósito de los negocios del mundo, Jesús nos da una sentencia lapidaria: "no pueden ustedes servir a Dios y al dinero”. El dinero es un invento de los hombres, y es relativamente reciente. Si la humanidad tiene unos cien o ciento cincuenta mil años como especie actual, el dinero apenas si tendrá unos cuatro mil años. Se inventó para facilitar nuestras relaciones humanas, para intercambiar el producto de nuestros trabajos. Pero poco a poco, decididamente, el dinero se ha ido convirtiendo en un dios para la humanidad, y para cada uno de los seres humanos. Y los seres humanos hemos estado dispuestos a rendirle culto a ese dios tan falso. Entre más ídolo se nos vuelve, más nos destruye como humanidad. Desgraciadamente no lo entendemos. Ni el dinero ni cosa alguna pueden ser dioses a los que debamos servir y dar culto. Esos ídolos cobran sus víctimas. No se puede servir al Dios verdadero y al dios dinero (llámese bienestar, diversión, o consumo). Cualquier cosa que se convierta en dios de uno, es adversario del Dios verdadero. El Dios verdadero es un Dios que salva, que da vida. El ídolo dinero es un dios que no salva, un dios por el que se pierde cada ser humano y por el que esta humanidad ha tomado el camino de la muerte. ¿Será necesario mencionar infinidad de ejemplos acerca de esta constatación? Por el afán de dinero estamos acabando con la naturaleza, con la armonía social, con la salud social y personal.
 
     Si lo ponemos en su justo lugar, Jesucristo dice que podemos hacer buen uso del dinero, de este dinero tan lleno de injusticias: nos puede servir para hacernos amigos de los pobres, para ganarnos a los pobres, para que ellos nos abran las puertas de las moradas eternas, en el presente y cuando nos toque presentarnos ante el juicio de Dios. Eso tenemos que aprender, en eso tenemos que formarnos y formar a nuestros católicos, no sólo en el uso del dinero sino en el uso de todos los bienes materiales, usarlos para bien de la evangelización de los pobres.

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