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PIDAMOS FE DE LA BUENA
Comentario al evangelio del domingo 2 de octubre de 2016
27º ordinario
Lucas 17,5-10.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Hemos escuchado que los apóstoles le piden a Jesús algo sumamente importante: "Señor, auméntanos la fe”. Nosotros ¿cada cuándo le hacemos esta petición a nuestro Señor? Hagamos un inventario de las cosas que le pedimos a Dios. Yo casi creo que sólo le pedimos bienes materiales, trabajo, salud, dinero para nuestras deudas, que nos saquemos algún premio, el pan de cada día, el bienestar, que nos saque de algún problema...

     Habría que pedirle a Jesús en primer lugar que nos aumente el amor a Dios y a nuestros hermanos, que nos aumente la esperanza de mejores tiempos, de un mundo mejor para todos, esperanza en su santo reino; que nos aumente la fe. Si le pidiéramos fe, no necesitaríamos pedirle nada más. Le podríamos decir a Jesús: ‘no importa que no me des salud, pero dame fe para vivir con entereza mi enfermedad o mis males’; ‘no importa que no me des riquezas, sólo dame fe para vivir felizmente en la pobreza’; ‘no importa que no me concedas más años de vida, sólo te pido que me des fe para ponerme enteramente en tus manos’. ¿Para qué quiero otras cosas si Dios es todo para mí?

     La fe es un poder que Dios nos concede como un don, como un regalo. Debemos entenderla bien, según el mismo Jesucristo, y vivirla auténticamente. Nosotros le llamamos fe a otras prácticas que no tienen que ver con ella, al menos desde el punto de vista cristiano. Le llamamos fe a nuestras pretensiones mágicas, como cuando quisiéramos que las cosas, generalmente pequeñas y sin valor de salvación, se nos concedieran sin el más mínimo esfuerzo. Así quisiéramos tener la suficiente fe para sacarnos el premio mayor de la lotería. Así, le creemos a los horóscopos, a las cartas, a las adivinaciones. Ésta desde luego que no es fe cristiana. No es lo mismo creer en Jesús y en su obra que creerle a otros ‘poderes’ extraños.

     Le llamamos fe a las creencias meramente mentales. Podemos recitar el credo, podemos creer en muchas verdades que no nos comprometen con la obra de Jesús. Creemos simplemente porque es fácil decir que creemos: en Dios, en la virgen, en los santos.

     También le llamamos fe a la fantasía. En este caso somos crédulos pero no creyentes. Escuchamos en la calle lo que dicen las gentes por ahí, creemos en los chismes, en lo que dicen en la tele, en internet, en las redes sociales, tantas opiniones sin el más mínimo sustento de parte de ellos y sin el más mínimo discernimiento de parte de nosotros. Creemos en infinidad de mentiras que a fuerza de repetirse parecen convertirse en verdades. Esta desde luego que no es fe verdadera.

     Creer es fiarnos de Dios. No sólo creemos que Dios existe y que está por ahí. No. Creemos en su Palabra, en sus planes de salvación de esta humanidad. Creemos que este mundo tiene salvación, contra todos los signos actuales, creemos en ese futuro mejor para todos porque así lo tiene dispuesto Dios.

     Creemos en Jesucristo, en su Palabra, en la obra que él vino a sembrar y a realizar en este mundo: su reino de amor, de paz, de justicia para todos. Confiamos plenamente que él realiza esta obra desde la pobreza, desde los pobres, desde la muerte en la cruz. Creemos que sigue vivo y actuando de la misma manera que lo contemplamos en los santos evangelios. Somos verdaderos creyentes cuando dejamos todo por seguir a Jesús, cuando escuchamos "felices los pobres”, y nos decidimos a vivir como pobres de Jesús. Creemos cuando escuchamos que Jesús nos dice que perdonemos hasta 70 veces siete, y así nos disponemos a hacerlo. Creemos cuando obedecemos cada una de las enseñanzas de Jesús, y estamos dispuestos a vivir como él vivió.

     Creemos que la obra de salvación de esta humanidad la lleva adelante el Espíritu de Dios. No lo creemos solamente con la mente, sino activamente asociándonos y dejándonos conducir por él. No es creyente el que se queda en el canto y la alabanza, en los dones particulares. Es creyente el que pide que se le dé el Espíritu para vivir en sintonía con sus impulsos.

     Si creemos en la obra de Dios, entonces entraremos en ella como humildes servidores. Todo lo que hagamos como católicos, ya sea participar en la Misa, o en un apostolado, en la catequesis, en las obras sociales de la Iglesia, etc., lo haremos como servidores. Es Jesucristo el que nos enseña a decir y vivir en consecuencia: ‘no somos más que siervos inútiles, hicimos lo que Dios nos mandó, no más’.

     Ningún católico debe pensar en ningún momento que le hacemos un favor a Dios yendo a Misa, o echando colecta, o participando en alguna obra de la Iglesia, o sirviendo al prójimo. Dios no tiene por qué estar agradecido con nosotros. Nosotros somos los que debemos estar agradecidos con Dios cuando hacemos algo por él, porque somos sus servidores, porque estamos enteramente a su servicio.

     Cómo quisiéramos en la Iglesia que todos los católicos se hicieran servidores en ella. Ya salgamos de ese catolicismo inactivo en el que sólo nos engañamos. Repito insistentemente: Jesucristo nos convoca a ser humildes servidores, como él, que se declaró Siervo, porque no vino a ser servido sino a servir (Marcos 10,45).

 

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