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HOMO AGRADECIDUS
Comentario al evangelio del domingo 9 de octubre de 2016
28º ordinario
Lucas 17,11-19.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Jesucristo sigue caminando hacia su pascua a la ciudad de Jerusalén. Al llegar a un pueblito, nos dice san Lucas, le salieron al encuentro diez leprosos. La lepra es una enfermedad espantosa, una bacteria va carcomiendo la piel de manos y pies, de la cara, y huele mucho muy  mal. La persona se desfigura y causa repugnancia. En el Antiguo Testamento se excluía de manera inmisericorde a los afectados por esta enfermedad. Para evitar contagios, se les mandaba a vivir al monte, solitarios. A veces algunas gentes se compadecían de ellos y les dejaban alimentos a distancia, sin tener el más mínimo contacto con los enfermos. Si alguien tenía contacto, aún cuando no adquiriera la enfermedad, era considerado impuro y debía retirarse a la soledad hasta que se le comprobara que no se había contagiado. En el caso del pueblo judío, las personas eran consideradas no solamente enfermas, sino impuras espiritualmente, porque la enfermedad era un signo externo de la interioridad. Así pensaban ellos.

     Es por eso que estos leprosos no se le acercan a Jesús sino que le gritan a distancia: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Jesús no los toca, ni hace ningún gesto religioso directamente con ellos, sólo los envía con su palabra. Los manda con los sacerdotes al templo de Jerusalén porque, como leemos en el libro del Levítico 13, eran ellos los encargados de certificar que una determinada persona era pura o impura.

     En este grupo de leprosos se ve que en la desgracia salen a relucir los mejores sentimientos y comportamientos humanos. Judíos y samaritanos no tenían trato, se repelían. Pero en la soledad y la marginación estos leprosos acogieron al samaritano.

     En el camino, los diez quedaron limpios. No dice san Lucas que quedaron exteriormente curados, sino limpios, es decir, por fuera y por dentro, quedaron purificados del pecado que les achacaba aquella sociedad tan religiosa.

     Sólo uno de los diez regresó con Jesucristo para bendecir a Dios y darle las gracias. Jesucristo, como buen Maestro, es decir, como buen educador de sus discípulos y de todas las gentes, no deja que este hecho pase desapercibido, porque no sólo se deben quedar con el milagro de la purificación de las personas a las que se considera pecadoras, sino poner atención también a la respuesta de los que reciben el milagro. En este caso, Jesucristo resalta que este samaritano se convierte en una buena noticia para todos. Por eso Jesús pregunta: "¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?”

     Yo por eso quisiera llamar su atención hacia la actitud del agradecimiento. Cómo tenemos que educarnos en esto: ser agradecidos, con profundidad. El leproso samaritano recibió una gracia muy grande y regresa al que se la concedió. No obedeció el mandato de Jesús porque no fueron los sacerdotes los que le concedieron esa gracia, sino ese mismo que más adelante sería condenado y ejecutado en una cruz, afuera de la ciudad, como la cosa más impura.

     Démonos a la tarea de educarnos en el agradecimiento, tanto nosotros, como empezando por nuestros niños, como a toda nuestra sociedad. Hagamos poco a poco que el ser humano se reconozca a sí mismo como homo ‘agradecidus’. La gratitud es algo esencial. Sin esta virtud somos soberbios, nos sentimos los dueños de personas y cosas, terminamos siendo depredadores, de personas y cosas, dela naturaleza. Si nos vamos haciendo agradecidos con Dios y con las personas, no tendremos tiempo para amargarnos la vida, seremos humildes, serviciales también nosotros, y este mundo será más bello, porque tendremos conciencia de que no somos nada, todo lo que tenemos y somos lo hemos recibido. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos debemos estar dando gracias y bendiciendo a Dios y a todas sus criaturas.

     Papás, eduquen a sus hijos en el agradecimiento, y serán ellos agradecidos con ustedes, conforme vayan creciendo.

     Al volver este samaritano con Jesús, obtiene algo más grande, esa palabra de Jesús que sana y transforma por dentro: "tu fe te ha salvado”.

 

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