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LO QUE VALE ES LA COMPASIÓN DE DIOS
Comentario al evangelio del domingo 23 de octubre de 2016
30º ordinario
Lucas 18,9-14.
 
Carlos Pérez Barrera, Pbro.
 
     Jesucristo es nuestro Maestro, así con mayúscula. Él nos viene educando por el camino. Ahora nos da instrucciones sobre la oración. El domingo pasado escuchamos la parábola del juez injusto y de la viuda inoportuna para motivarnos a la oración constante, y ahora Jesucristo nos ofrece otra parábola. Sus parábolas nos llegan más a nuestra conciencia que si solamente nos dijera que no nos ensalcemos, que nos humillemos. Acojamos sus enseñanzas con corazón de discípulos, aunque nos parezcan desconcertantes esas enseñanzas, como la de ahora, en la que sale mejor librada una persona que no es tan religiosa como la otra.

     No hay que perder de vista lo que nos dice el evangelista, para quiénes contó Jesús esta parábola: para quienes se tenían a sí mismos por justos y despreciaban a los demás. Jesucristo no quiere que sus discípulos sean así, como una nueva secta de fariseos. Debemos reconocer que en la Iglesia católica hemos funcionado muchas veces al revés, como si fuéramos una moderna escuela de fariseos y no como discípulos de Jesús. Jesucristo era amigo de publicanos y pecadores, de mujeres de la mala vida, de extranjeros y paganos, él había venido a buscarlos a ellos. Por eso no le resulta escandaloso decir que el publicano salió justificado de su oración y el fariseo no.

     Preguntémonos nosotros, ¿a cuál se parece más nuestra manera de orar y de comportarnos, a la del fariseo o a la del publicano? De seguro respondemos que nosotros somos como el publicano, porque reconocemos delante de Dios que somos pecadores. Quién sabe si esa conciencia la vivimos delante de los demás. Si nosotros reconocemos que somos pecadores, como que no hay problema. Pero si los demás nos echan en cara nuestros pecados, ahí sí que nos resistimos más a aceptarlos.

     Para tener conciencia clara de que somos pecadores, tendremos que ejercitarnos con valentía en el examen de conciencia individual y de grupo. Es una de las buenas prácticas que debemos aprender en la Iglesia, no con una mentalidad farisaica, que siempre es nuestro peligro a la puerta, sino con una conciencia bien formada en los santos evangelios, en las enseñanzas de Jesús, poniendo los acentos donde Jesús nos enseña a ponerlos.

     El examen de conciencia frecuente nos va educando precisamente en eso mismo, en tener conciencia de quiénes somos. No hace falta que nos confesemos todos los días, o cada semana, cada mes, lo que sí nos hace falta y nos forma, es el examinarnos cada noche o con cierta frecuencia, como viéndonos a nosotros mismos en un espejo, como en un video que nos tomara alguien. Si nos ejercitamos en eso, podremos decir cada vez, ‘Dios mío, apiádate de mí que soy un pecador’. En vez de atenernos a nuestros méritos, nos atendríamos a la compasión de Dios, que en definitiva es la que vale, la que nos justifica.

     Quien estudia la Biblia, en especial los santos evangelios, si la estudia con seriedad, es una persona que se va haciendo humilde, cada día más humilde, porque Jesucristo nos ayuda a tomar conciencia de nosotros mismos. Quien lee la Biblia como mera devoción, corre el riesgo de creerse mejor que los demás, porque lo hace como un hábito religioso, como una práctica de piedad, porque podrá ir presumiendo cada vez más que se es una persona que sí conoce la Biblia, como un mérito propio.

     Permítanme insistir: lo definitivo no es la religiosidad de uno sino la compasión de Dios. Y ahora, en el domingo mundial de las misiones, debemos decir que ésta es la Buena noticia que tenemos que llevar al mundo, a este mundo que nos invita a crecer en la soberbia, en la afirmación de uno mismo, en colocar al ser humano como el centro de todo. Esto no ha sido salvación para nuestro mundo, porque terminamos sintiéndonos señores de personas y cosas, sirviéndonos a nosotros mismos y destruyendo todo lo demás. Los cristianos le llevamos al mundo la novedad de la humildad que vemos tan claramente plasmada en Jesucristo, ahí está la salvación del mundo porque nos pone delante de la misericordia de Dios. En este año santo de la misericordia hemos vivido la compasión de Dios y nuestra misión es hacerla llegar a todos.

 

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