Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





EL CAMINO DE LA SALVACIÓN DE LA HUMANIDAD

Domingo 16 de marzo de 2025, 2° cuaresma - C

Filipenses 3,17 al 4,1; Lucas 9,28-36.

Carlos Pérez B., Pbro.

 

Cada año, el segundo domingo de cuaresma, la Iglesia nos ofrece este pasaje de la vida de nuestro Señor Jesucristo, en su camino hacia su crucifixión, la entrega plena de la vida por la salvación de la humanidad toda. Un año lo escuchamos en san Mateo, al siguiente en san Marcos, y ahora en san Lucas (en san Juan no se encuentra). Acojamos esta Palabra en todo su contexto evangélico, porque no es un momento aislado en el caminar de Jesús.

Estamos en el capítulo 9 de san Lucas. En el versículo 18, nos dice el evangelista que, estando Jesús en oración, les preguntó a los discípulos por su identidad y su misión. Pedro le contestó: "Tú eres el Ungido de Dios”. Recordemos que Aarón era el Ungido, lo mismo que el rey Saúl, David y tantos en el pueblo judío. Así es que, ¿qué clase de ungido era Jesús? ¿Un ungido sacerdote, un ungido poderoso humanamente hablando? A partir del versículo 22, leemos que Jesús les dice con más detalle qué clase de Ungido es él: un Ungido sufriente, un Ungido rechazado por la gente más notable del pueblo judío, un Ungido destinado a la muerte… y resucitado al tercer día.

San Lucas no nos ofrece las resistencias de los discípulos ante estos anuncios de Jesús de su pasión, muerte y resurrección, pero sí nos ofrece la consulta que tiene que hacer al Padre en esa oración suya tan profunda. Para hacer la liga con todo esto, es para lo que el evangelista nos dice: "ocho días después de estas palabras” (versículo 28). Lamentablemente esta frase no la leemos en el leccionario. Y es que su subida al monte de la transfiguración tiene que ver con lo anterior, y así lo hemos de vivir nosotros.

Jesús subió al monte para hacer oración. Era necesario que el Padre eterno rectificara o ratificara el camino que estaba siguiendo, el camino del abajamiento, de la pobreza, del martirio, pero desde luego que también el camino del amor, del perdón, de la compasión, de la inclusión de los marginados y rechazados. La respuesta del Padre es toda esta visión: el rostro y las vestiduras luminosas de Jesús, la aparición de Moisés y Elías (la ley y los profetas, la sagrada Escritura) y, sobre todo, la voz que sale de la nube.

¿De qué hablaban Moisés y Elías con Jesús? De su partida (de Jesús) que tenía que darse en Jerusalén, a donde decididamente se encaminaba (más adelante lo leemos: "Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén” (Lucas 9,51).

Jesucristo, obviamente, no le iba a hacer caso a Pedro que le invitaba a quedarse ahí en la comodidad de la oración, y con ello, a truncar su camino y la voluntad del Padre, por la que Cristo tenía que dejarse llevar. Se escucha su voz en la montaña, como también se había escuchado en el Jordán, y como seguramente Jesucristo la vivía cada día: "Éste es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Son unas palabras que fortalecen el camino de Jesús, unas palabras para nosotros, los discípulos, porque seguramente no aceptamos ese camino, no digamos en Jesús, sino en nosotros. Es el camino de la entrega de uno mismo para los planes de salvación de Dios nuestro Padre. El camino de Jesús es el camino de la salvación.

Curiosamente, pero hermosamente, el Padre no nos pide que adoremos a su Hijo, que le rindamos culto, sino que lo escuchemos. La Palabra del Hijo es la que ha de marcar nuestra espiritualidad y nuestra religiosidad cristiana, una escucha desde luego que obediente. Ciertamente nosotros sí lo adoramos, lo alabamos, porque lo amamos, pero lo que el Padre nos pide es que lo escuchemos.

¿Ya estamos leyendo cada día páginas de los santos evangelios? Es la manera más adecuada de escuchar al Hijo de Dios. Toda la vida del cristiano-cristiana ha de ser una vida de escucha de la persona de Jesús.


 

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