LA VERDADERA FAMILIA DE JESÚS
Domingo de la Sagrada Familia, 28 de diciembre de 2025.
Eclesiástico 3,3-7 y 14-17;
Mateo 2,13-15 y 19-23.
Repetimos insistentemente que la navidad, litúrgicamente, no se reduce
a un solo día (de la tarde del 24 al 25 de diciembre), sino que la celebramos
como un tiempo litúrgico, que va de la tarde del 24 de diciembre hasta la fiesta
del bautismo del Señor, que este año va a ser el domingo 11 de enero. Y, desde
luego, que los cristianos queremos vivir este tiempo de amor y de paz (que nos
trae el que nació en Belén) toda la vida y toda la historia.
Como parte de este tiempo de navidad, y para permanecer dentro del
portal de Belén, celebramos varias fiestas: la Sagrada Familia, la Maternidad
de la Virgen María, la Epifanía o Manifestación de nuestro Señor y su Bautismo.
Así es que, hoy domingo, dentro de la octava de navidad, celebramos a este
pequeño grupito de personas en el que el Hijo eterno del Padre, decidió formarse
y encarnar como un apóstol de la Buena Nueva de la salvación del género humano.
Y, a partir de esta pequeña familia, el Hijo de Dios, nos convocará a todos los
seres humanos a formar la gran familia de Dios, la gran fraternidad-sororidad.
En este ciclo dominical ‘A’, la Iglesia nos ofrece este pasaje
evangélico según san Mateo. ¿Qué contemplamos en él, a qué nos invita?
Contemplemos a la familia en la que se insertó
el Hijo eterno de Dios en este mundo: el evangelista san Mateo pone su atención
en san José, pero lo que dice de él también se lo aplicamos a la virgen Madre:
la escucha y la obediencia a la Palabra, a la santa voluntad de Dios. Yo no me
los imagino como una familia de rezanderos, superficiales, que sólo le hablan a
Dios pero que no lo escuchan con obediencia. Porque el que reza le habla a
Dios, pero el que ora, escucha a un Dios que habla, que quiere ser escuchado y
obedecido.
El ángel del
Señor le pide a José que se vaya a Egipto, y José no se va a buscar dinero o
comodidades al extranjero, sino por obediencia. Luego, aunque José y su familia
ya estuvieran instalados en Egipto, el ángel del Señor nuevamente los incomoda
para que regresen a Israel, y ya estando en Israel, les pide que se vayan a Galilea,
a la tierra de los casi-paganos, el pueblo que vivía en tinieblas y sombra de
muerte (ver Mateo 4,16), donde Jesucristo se encontraría con los pecadores, los
enfermos, los malditos, los endemoniados, los rechazados.
Hay que
decir que la familia humana ha sido instituida por Dios, no por los hombres,
para procrear y formar en ese ambiente a las personas. Somos distintos de
muchas criaturas vivientes de este maravilloso mundo creado. Las tortugas, por
ejemplo, lo vemos por televisión, ponen sus huevos en la arena de la playa y se
van. Las tortuguitas eclosionan el huevo y se van a buscar la vida, solitas,
sin que sus padres las acompañen, las defiendan y las hagan crecer. Los humanos,
con inmensa diferencia, permanecemos (o deberíamos de permanecer, como una necesidad
y derecho humano) unos 20 años o más, hasta que nos formamos como hombres y
mujeres cabales, y desde luego como cristianos. Las familias humanas son más
que un mero recurso para alimentarnos los primeros años. En la familia, los
padres (y demás parientes) nos alimentan, nos cuidan, nos hacen crecer; ahí aprendemos
desenvolvernos, a pensar, a amar, a ser compasivos, como corresponde a quienes
han sido creados a imagen y semejanza de Dios, a escuchar a nuestro Maestro,
a poner nuestras vidas en sintonía con sus enseñanzas y con toda su Persona. Ahí
hemos de aprender a formar la nueva familia espiritual a la que el Hijo nos
convoca como nuestra vocación propia: "¿Quién es mi madre y mis
hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su
alrededor, dice: Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de
Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3,33). Todo eso lo
vivió el Hijo de Dios hecho carne, al amparo de dos pobres campesinos,
sencillos, obedientes: José y María.
Repasemos
las páginas de los cuatro evangelios para que comprobemos el trabajo tan
excelente que hicieron estas dos personas tan bellas en el Niño Jesús. Qué
maravillosa Persona vemos ahí, tan entero, tan humilde, tan pobre, tan amigo de
los pobres y los pecadores, tan compasivo con los enfermos y los marginados,
tan entregado enteramente al servicio de los demás, tan dispuesto a dar la vida
por los pecadores que somos todos.
Pues este
mismo trabajo queremos promover en la Iglesia para que todas las familias, ‘integradas’
de manera tan diversa como las encontramos en esta sociedad, lo realicen en
cada hijo. No queremos imponer un ‘modelo’ de familia, sino vivir nuestra
realidad con los pies en la tierra. Formemos a Jesucristo en cada ser humano.
Nos dice san Pablo, como palabra de Dios: "¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a
Cristo formado en ustedes” (Gálatas 4,19).
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.