JESÚS ES PARA TODOS
Domingo de la Epifanía del Señor, 4 de enero de 2026
Isaías 60,1-6; Mateo 2,1-12.
Mateo 2,1-12.-
Jesús nació en Belén de Judá, en tiempos del rey Herodes. Unos magos de
Oriente llegaron entonces a Jerusalén y preguntaron: "¿Dónde está el rey de los
judíos que acaba de nacer? Porque vimos surgir su estrella y hemos venido a
adorarlo”.
Al enterarse de esto, el rey Herodes se sobresaltó y toda Jerusalén con
él. Convocó entonces a los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo y les
preguntó dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: "En Belén de
Judá, porque así lo ha escrito el profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no
eres en manera alguna la menor entre las ciudades ilustres de Judá, pues de ti
saldrá un jefe, que será el pastor de mi pueblo, Israel”. Entonces Herodes
llamó en secreto a los magos, para que le precisaran el tiempo en que se les
había aparecido la estrella y los mandó a Belén, diciéndoles: "Vayan a
averiguar cuidadosamente qué hay de ese niño, y cuando lo encuentren, avísenme
para que yo también vaya a adorarlo”. Después de oír al rey, los magos se
pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto surgir, comenzó a
guiarlos, hasta que se detuvo encima de donde estaba el niño. Al ver de nuevo
la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa y vieron al
niño con María, su madre, y postrándose, lo adoraron. Después, abriendo sus
cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Advertidos durante el
sueño de que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Comentario. -
Continuamos celebrando el nacimiento del Salvador del mundo, Jesucristo nuestro
Señor. La fiesta de ahora, que nos ayuda a permanecer en este espíritu de la
navidad, es la del 6 de enero, que aquí en México celebramos anticipadamente en
domingo. No le llamemos la fiesta de los reyes magos, sino la Epifanía del
Señor, que en griego quiere decir ‘manifestación’. El Hijo de Dios, que nació
corporalmente en Belén, se manifiesta a los paganos, en la persona de unos
magos venidos del misterioso oriente. No dice san Mateo que fueran tres, ni que
fueran reyes, sino unos magos, es decir, unos sabios estudiosos de las estrellas.
En ellas los antiguos querían adivinar la suerte de los seres humanos. Dios les
habló por medio de su ciencia. Una estrella brillante en el oriente les anunció
el nacimiento del Hijo de Dios.
Y los judíos, que estaban tan cerca de Belén ¿no se dieron cuenta que
había nacido el Salvador? Según san Lucas solamente fueron invitados unos
pastores que cuidaban sus rebaños en los campos. Y, según san Mateo, estos
sabios del lejano oriente.
En todos ellos nos vemos representados nosotros, que también vivimos, no
solamente lejos de Dios y cerca de los Estados Unidos, como decía un político
de nuestra historia, sino también geográficamente lejos de Belén, tan lejos,
que nuestros antepasados indígenas de estas tierras, no se dieron cuenta de
este acontecimiento tan grande sino hasta que llegaron aquellos misioneros (para
nosotros, también del oriente) a traernos tan grande noticia, la misma noticia
que desde antiguo anunció el profeta Isaías y que escuchamos en la primera
lectura: "Levántate y
resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea
sobre ti”.
Ésta
es la buena noticia de la navidad, ya sea que la celebremos el 24 de diciembre,
ya sea que la celebremos el 6 de enero, o cualquier día del año, o todos los
días, cada vez que entramos a los santos evangelios y nos encontramos con el
que nació en Belén, con sus enseñanzas, con sus milagros, sus encuentros con
los pobres, enfermos, pecadores, marginados, los pequeños y sencillos
privilegiados, en palabras de él mismo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños.
Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi
Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien
nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí
todos los que están fatigados y sobrecargados, y yo les daré descanso…” (Mateo 11,25ss).
La Epifanía es la fiesta de la universalidad. La universalidad del que fue
recostado sobre unas pajas al nacer, la universalidad de la salvación de Dios. Jesucristo
nació en Judea, pero no para ser propiedad de los judíos, ni siquiera es
propiedad de nosotros, la Iglesia católica. A Jesucristo no lo podemos encerrar
en un templo, en una religión, en una ideología. Jesucristo es patrimonio de la
humanidad, como se usa decir hoy en tantas cosas. Los magos del oriente no eran
judíos, ni se retiraron siendo oficialmente cristianos, porque no fueron
bautizados. A los magos ni siquiera se les pidió que recitaran el credo para
que explicitaran en qué Dios estaban creyendo. Es que no se trataba de una
acción proselitista, como lo denunciaría Jesús ya adulto: "¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que recorren mar y
tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, lo hacen hijo de
condenación el doble que ustedes!” (Mateo 23,15). Se trataba y se sigue
tratando de hacer llegar la salvación, la gracia, el amor, la misericordia de
Dios a todos los pueblos, a todas las gentes. Es necesario que lo aceptes en la
persona de Jesucristo. La fe no es un código de creencias, es la adhesión a una
persona: Jesucristo es de todos, es para todos, él es el Evangelio.
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.