Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





("A pesar de toda la belleza y esplendor que encuentro en Roma, prefiero nuestra pequeña capilla y mi pobre celda: en ellas encuentro mejor a Jesús y mi corazón está más a gusto. Cada vez me convenzo más de que no estoy hecho para las grandezas, que nada me conviene más que los pobres y los pequeños y que ahí se encuentra la mayor satisfacción y la alegría más auténtica”. (Beato Antonio Chevrier, Cartas, # 15).

 

LA VERDADERA FELICIDAD

Domingo 4° ordinario, 1 de febrero de 2026

Sofonías 2,3 y 3,12-13; Salmo 146 (145); 1 Corintios 1,26-31 y 17; Mateo 5,1-12.

 

Mateo 5,1-12.-

En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles hablándoles así:

"Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque serán consolados. Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.

Andaba por toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando la buena nueva del Reino de Dios y curando a la gente de toda enfermedad y dolencia.

 

Un comentario. -

En nuestra lectura continuada del evangelio según san Mateo, por los domingos del tiempo ordinario de este año, hoy comenzamos el conocido "Sermón de la Montaña”. Se extiende por los capítulos 5, 6 y 7 de este evangelio. Convendría que lo repasáramos completo en nuestra lectura personal, como un ejercicio amoroso de escucha. Escuchar al Maestro es la delicia del verdadero discípulo. ¿Cómo te puede enseñar Jesús si no lo escuchas en los santos evangelios?

Cuando invitemos o motivemos a alguien a escuchar a Jesús (como es tanta nuestra insistencia), este sermón de la montaña es un magnífico y sencillo ejemplo y recurso; para católicos de devociones, católicos alejados, y especialmente para no creyentes. Y para nosotros, es un excelente momento para practicar nuestra escucha obediente a la Palabra de Jesús. No solamente lo escuchamos, sino que contemplamos las bienaventuranzas en su Persona misma. Todas se refieren a él; y a partir de él, son una invitación suave para que así las vivamos nosotros. Fijémonos la manera tan sabia de nuestro Maestro de movernos a vivir la verdadera felicidad. No están expresadas en forma de mandamientos, en su forma verbal imperativa. Moisés, también en un monte, le trajo al pueblo los diez mandamientos, y muchas prohibiciones. Pero Jesús no dice: "sean pobres en el espíritu, sean mansos, sean perseguidos”. No las expresa así. Mejor, atractivamente, nos dice: "felices los pobres en el espíritu”, ‘felices ustedes si se atreven a vivir así’.

Ciertamente, y por aquí debemos empezar, por tomar conciencia de que son una contradicción con lo que nos enseña nuestro mundo y, sinceramente, son también una contradicción con las inclinaciones de nuestro corazón. ¿Quién busca la felicidad en la pobreza? ¿Quién busca la felicidad en la mansedumbre, en la lucha por la paz y la justicia? ¿Quién se siente feliz en la persecución, en ser objeto de calumnias? Por lo general, en la sociedad y en la Iglesia, buscamos la felicidad en el dinero, en el amor a nosotros mismos, en los halagos, en la diversión, en el placer, en los bienes de consumo, en la comida (panza llena corazón contento, decimos). Son las apetencias de nuestra corporalidad. Dios nos dio este cuerpo y éste se inclina naturalmente hacia todas esas cosas.

Pero nuestra espiritualidad, la que nos distingue o nos debe distinguir a todos los seres humanos, y mucho más a los cristianos, es la que nos puede poner en sintonía con la sabiduría del Hijo de Dios. Una cosa son las felicidades o satisfacciones pasajeras, y otra muy distinta es la felicidad verdadera, la felicidad profunda, la felicidad para todos, la felicidad que nos viene de Dios, la felicidad como la vivió el mismísimo nuestro señor Jesucristo.

En san Mateo escuchamos que Jesús nos dice: "felices los pobres en el espíritu”. En san Lucas, Jesús solamente expresa que "felices son los pobres” (Lucas 6,20). Hay que aceptar ambas expresiones. Los pobres son declarados por Jesús, felices, porque nuestro Maestro alcanza a ver la felicidad a la que Dios Padre los llama, les promete y les ha de cumplir. Antes escuchábamos decir ‘pobre del pobre que al cielo no va, lo amuelan aquí y lo amuelan allá’. Pero Jesús nos dice todo lo contrario. La misericordia concederá la felicidad plena a los que hoy son pobres, y sufren tantas cosas.

¿A cuáles pobres se refiere Jesús en san Mateo? A los amigos de los pobres, a los que aman la pobreza de Jesús, que nació en un portal, vivió como un pobre y terminó como un pobre rechazado por este mundo; a los que se dejan mover por el amor de Dios por los pobres, los enfermos, los sufrientes, los pecadores, etc., todos aquellos que, como lo vemos en los santos evangelios, fueron destinatarios del amor de Jesús.

Y, en esta misma línea y clave, hemos de acoger el resto de las bienaventuranzas. Es necesario entrar en el espíritu de Jesús, porque sin él, no se entienden ni se viven como felicidad. Por ejemplo, ¿cómo aceptar la última?: "Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”. ¿Acaso algunos de nosotros hemos vivido esta bienaventuranza de esa manera? ¿Acaso en alguna ocasión hemos brincado de contento porque nos calumniaron y nos insultaron por el nombre de Jesús? Pues si alguno de nosotros lo ha vivido tal cual, con felicidad espiritual, pues ya está vacunado contra la infelicidad, porque así lo vivió nuestro Maestro al llegar hasta la cruz.

Para no alargar este comentario, solamente los invito a repasar la primera lectura de hoy: Sofonías 2 y 3; el salmo 146 (145); y la segunda lectura, 1Corintios 1,26-31. Todas están en sintonía con la enseñanza de nuestro señor Jesucristo.

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.


 

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