Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





UNA NUEVA MIRADA

Domingo 6° ordinario, 15 de febrero de 2026

Eclesiástico 15,15-20; Salmo 119 (118); 1 Corintios 2,6-10; Mateo 5,17-37.

 

Mateo 5,17-37.-

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán en el Reino de los cielos.

Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo: Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

También han oído que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo. Y si tu mano derecha es para ti ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos de ti, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.

También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio, y el que se casa con una divorciada comete adulterio.

Han oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.

Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

 

Un comentario. -

Continuamos escuchando el sermón de la montaña en el evangelio según san Mateo. Recordemos: Mateo nos dice, al empezar el capítulo 5, que Jesús subió al monte y se puso a enseñar a sus discípulos y a la muchedumbre. Y al terminar el capítulo 7 y comenzar el 8, nos dice el evangelista que Jesús bajó del monte y lo fue siguiendo una gran muchedumbre. Pues bien, entre esos discípulos, y entre la muchedumbre, estamos nosotros, viviendo la escucha de las enseñanzas del Maestro. Así queremos ver a todos nuestros católicos. Y quisiéramos que el obispo y los sacerdotes nos pusiéramos las pilas para estar insistiendo constantemente a nuestra gente, que nos pongamos todos a leer diariamente los santos evangelios, para escuchar a Jesús, y dejarnos formar por sus enseñanzas y su persona, para que aprendamos a vivir como él nos enseña. No pongamos los rezos por encima de la escucha de la Palabra del Maestro. Repito, ser cristianos consiste en vivir en la escucha de nuestro Maestro.

Esto precisamente escuchamos en el evangelio de hoy. Jesucristo sí nos insiste y súper insiste en que cumplamos sus mandamientos. Hoy nos dice, lo acabamos de escuchar: "No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud”. También en el antiguo testamento Dios nos insiste por medio de la ley de Moisés y de los profetas, que escucharlo a él y cumplir sus mandamientos es lo que más desea, mejor que los holocaustos y sacrificios. Para el pueblo de la antigüedad lo más fácil era ofrecerle cosas a Dios, en el templo, y también oraciones. Pero lo que más le pedía Dios a su pueblo era que lo escucharan. "Israel, escucha los preceptos y las normas que yo les enseño para que las pongan en práctica… Yahveh les habló de en medio del fuego; ustedes oían rumor de palabras, pero no percibían figura alguna, sino sólo una voz” (Deuteronomio 4,1.12).

Jesucristo, a esta religiosidad que consistía en escuchar la voz de Dios y ponerla en práctica, lo que viene a hacer es darle su plenitud. Y escuchamos hoy que se va a colocar muy por encima de Moisés y los profetas. Los cristianos escuchamos a Dios por medio de los patriarcas, los sabios de la antigüedad y los profetas, pero privilegiadamente escuchamos a Dios Padre, iluminados por su Santo Espíritu, en su Hijo eterno, Jesucristo nuestro Señor. Más aún, su Palabra, sus enseñanzas, toda su Persona, es la clave para entender el resto de la Sagrada Escritura. No podemos acoger ningún versículo de la Biblia si no es a través o iluminados por las enseñanzas de Jesús. Jesucristo es la plenitud, es decir, Dios se nos revela cabalmente en Jesucristo.

Así es que él nos da la clave para acoger los mandamientos de la antigüedad. Aquí en el capítulo 5 de san Mateo solamente nos da ejemplos de lo que debemos hacer con el resto de los centenares de mandamientos de la ley de Moisés y otros más que escuchamos en los profetas. Pero para muestras, basta un botón.

Jesucristo aborda aquí los mandamientos de no matar, no cometer adulterio, no divorciarse, no jurar en falso y sobre la justicia según la ley de Moisés. Nos enseña a vivirlos, no como mandamientos superficiales, sino con una mirada profunda, una manera de vivir que debemos catalogar como cristiana.

Por ejemplo, el mandamiento de no matar. Pecado mortal (acciones que Dios aborrece) es no solamente matar físicamente a un ser humano, sino también insultarlo, despreciarlo, lastimarlo, burlarse de él, discriminarlo, ignorarlo. No solamente nos lo enseña, con su ejemplo, en estos versículos que hemos escuchado, sino en el resto de las páginas de los santos evangelios. Repasemos los pasajes del leproso considerado por los sacerdotes como impuro (Mateo 8,4); un extranjero considerado como no creyente (Mateo 8,10); Lázaro y el rico Epulón (Lucas 16,25), etc.

En el caso del adulterio y de tantas acciones malas, Jesucristo nos enseña a mirar nuestras intenciones: aunque no consigamos cometerlas físicamente, ante Dios es suficiente con que tengamos el propósito de hacerlas. Las leyes humanas, no sólo las de Moisés, se quedan en la superficie. Si tú querías matar a un prójimo, pero no lo conseguiste, el delito es menor y la condena también.

También Jesús nos enseña sobre los juramentos y sobre la verdad y los compromisos que hagamos: "No jures”, nos dice Jesús, basta que digas sí o no. Así se debe conducir el cristiano. Qué bonito que los católicos viviéramos estrictamente en la verdad y contra cualquier mentira, fraude, trampa. Somos actualmente una población católica, pero en nuestra sociedad permea abundantemente lo contrario de nuestra fe.

Así pues, Jesucristo nos llama a vivir intensamente (¿estrictamente?) nuestra fe en él, nuestra obediencia a sus mandamientos. Hagámosle la lucha, esforcémonos, como nos lo dice en Mateo 11,12: "el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.


 

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