DIOS SE REVELA COMO UN PADRE LIBERADOR
Domingo 2° de cuaresma, 1 de marzo de 2026
Mateo 17,1-9.-
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el
hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se
transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y
sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante
ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bueno sería quedarnos
aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y
otra para Elías”.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella
salió una voz que decía: "Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis
complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en
tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo:
"Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más
que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No le cuenten a nadie lo
que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los
muertos”.
Un comentario. -
El domingo pasado nuestro
país vivió una jornada de violencia por la captura y muerte del líder de una
agrupación del crimen organizado, el Mencho, junto con varios de sus
compañeros. El martes, me tocó ver por televisión (Tele Fórmula) imágenes de la
cabaña en la que habitaba este líder o por lo menos donde pasaba algunos días. Me
sorprendió, y a muchos les habrá sorprendido también, ver en un buró varias
veladoras con la imagen de san Judas y de la Virgen de Guadalupe, imágenes de
bulto de la Sagrada Familia, san Judas, Virgen de Guadalupe, san Chárbel, un Crucifijo,
además, una hoja de cuaderno con el salmo 91 copiado a mano, en la versión de
la Biblia Latinoamericana, precisamente el salmo que nos tocó recitar
responsorialmente en las misas de ese mismo domingo, el salmo que utilizó el
diablo para tentar a nuestro Señor Jesucristo: "Está escrito, Mandará a sus ángeles que te cuiden y ellos te tomarán en sus manos,
para que no tropiece tu pie en piedra alguna”.
¿Qué nos dicen estas imágenes? Es la religiosidad que hemos aprendido,
promovido y que vivimos en nuestra Iglesia, contra la cual se resistió nuestro
Señor Jesucristo. ¿Cómo se puede compaginar la religión católica con un
movimiento criminal que trafica con el consumo de sustancias que destruyen
vidas, personas, familias, sociedades, países enteros? ¿Un movimiento criminal
que asesina a tantas personas con armas de fuego, que quema automóviles, que
provoca éxodo de poblaciones en tantas localidades como es el caso de nuestra
geografía campesina, serrana y citadina? Es por el desconocimiento de la
Palabra de Dios, es porque predomina la devoción que raya en lo mágico. Dios,
la virgen y los santos que son convertidos en ídolos, diosesitos mudos que no
hablan, que no cuestionan tu vida y tu sociedad, que sólo están para recibir
ofrendas y rezos a cambio de protección.
Esto es lo que en nuestra Iglesia hemos de cambiar. Jesucristo rechazó
ante el diablo esa religiosidad mágica porque escuchaba la Palabra (frases del
Deuteronomio) con más profundidad.
Precisamente a él lo contemplamos en la escena de hoy, segundo domingo
de cuaresma. Nuestro Señor nos invita a subir a la montaña para vivir unos
momentos de intensa espiritualidad. Su rostro y sus vestiduras se vuelven
resplandecientes. Aparecen junto a él dos personajes del antiguo testamento,
Moisés y Elías, la ley y los profetas, la sagrada Escritura representada en
esas dos personas. ¿De qué nos habla la Escritura? ¿Qué escucha Jesús en estos
dos personajes? Dios Padre, a través de las sagradas Escrituras, le ratifica el
camino de la entrega de sí mismo en Jerusalén, ésa es la salvación de la
humanidad toda. Pero no es una salvación mágica, todos hemos de entrar en ese
camino para que este mundo viva la salvación de Dios.
Es preciso leer este pasaje como lo leemos en la Biblia. El leccionario
romano no trae sus primeras palabras: "seis días después”, nos dice el
versículo uno. Esto nos obliga a preguntarnos ¿seis días después de qué? En el
capítulo anterior nos dice san Mateo que seis días antes de la transfiguración,
Jesús les había preguntado a sus discípulos quién era él, para la gente, para
ellos mismos: "el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, respondió Simón Pedro. Pero,
¿qué clase de Cristo? ¿Un cristo humanamente victorioso, ilustre, importante,
poderoso como lo quería y lo esperaba el pueblo judío? No. Un Cristo rechazado,
sufriente y finalmente muerto: "Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía
ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y
los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día” (Mateo 16,21).
¿Qué reacción tuvieron los
discípulos ante esta revelación? La resistencia. Simón Pedro tomó la palabra
para decirle que eso no le podía pasar al Cristo, que ni Dios lo permitiera.
Esto mismo decimos los seres humanos. No nos gusta ese camino de salvación, ni
para Jesús ni para nosotros. A nosotros nos gusta que la salvación llegue por
medio del poder humano, de la imposición, no del abajamiento. En la montaña,
Simón Pedro propone quedarse ahí, lo que implicaría no continuar el camino de
la salvación.
Pues bien, ¿y qué piensa el
Padre eterno? Para eso subimos al monte, para que él nos responda. Primero, por
la sagrada Escritura, nos revela que el camino correcto de la salvación es el
misterio de Dios, el liberador de los oprimidos, de los pobres. Hay que leer en
Moisés, como llegó su pueblo a ser esclavizado para comprender el camino de la
libertad, tanto en el país de Egipto como en el Exilio en Babilonia, y otras
experiencias en los tiempos de los jueces y de los profetas. Habría que releer
los cánticos del Siervo de Yahveh en Isaías 42-53, entre muchos otros pasajes
que el mismo Jesús conocía y vivía con obediencia: se hizo pobre y oprimido
para ser salvación, liberación a partir de ellos. Es la dinámica de Dios.
Por eso, en el monte se
escucha la voz del Padre de los cielos: "Éste
es mi Hijo en quien me complazco, escúchenlo”. Lo mismo que practica Jesús,
la escucha de la voz del Padre, es lo que el Padre nos pide a nosotros,
escuchar a su Hijo. No nos pide rezarle (cosa que no está prohibida) sino
escucharlo con obediencia. Así es que, de los libros de Moisés y los profetas,
el Padre celestial nos remite a los santos evangelios, ahí escuchamos
privilegiadamente a su Hijo, y a partir de los santos evangelios aprendemos a
escuchar a Jesús en los pobres, los marginados, tal como lo contemplamos en los
mismos santos evangelios.
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.