Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





LA RECREACIÓN COMPLETA DEL SER HUMANO

Domingo 4° de cuaresma, 15 de marzo de 2026

Juan 9,1-41.-

En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron "Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió "Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: "Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa ‘Enviado’). Él fue, se lavó y volvió con vista.

Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: "¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: "Es el mismo”. Otros: "No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: "Yo soy”. Y le preguntaban: "Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” Él les respondió: "El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: "¿En dónde está él?” Les contestó: "No lo sé”.

Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo, lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. Él les contestó: "Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban "Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros replicaban: "¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: "Y tú, ¿qué piensas del que te abrió los ojos?” Él les contestó: "Que es un profeta”.

Pero los judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron pues, a sus padres y les preguntaron: "¿Es éste su hijo, del que ustedes dicen que nació ciego? ¿cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: "Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque éstos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: "Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: "Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: "¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Les contestó: "Ya se lo dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: "Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de dónde viene”.

Replicó aquel hombre: "Es curioso que ustedes no sepan de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: "Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

Supo Jesús que lo habían echado fuera, y cuando lo encontró, le dijo: "¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: "¿Y quién es Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: "Ya lo has visto; el que está hablando contigo, ése es”. Él dijo: "Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

Entonces le dijo Jesús: "Yo he venido a este mundo para que se definan los campos: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos”. Al oír esto, algunos fariseos que estaban con é1 le preguntaron: "Entonces ¿también nosotros somos ciegos?” Jesús les contestó: "Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

 

HOMILÍA. -

No veamos este milagro de Jesús de manera reducida, porque lo haríamos tan pequeño como tantos milagros que esperamos que se realicen en nuestras vidas privadas, casi como actos de magia que sólo son favores que nos benefician individualmente pero que no nos llaman a un cambio de vida y de mundo, que no nos anuncian el cumplimiento del proyecto de Dios, la llegada de su santo Reino, un Reino que es la transformación radical de nuestra humanidad.

El evangelio según san Juan habla de ‘señales’, no les llama milagros.  ¿Qué quiere decir con esto? Que las obras de Jesús son más grandes de lo que aparecen, porque nos indican o nos remiten a una realidad más grande que no se ve pero que se manifiesta palpablemente en Jesús.

Primeramente, los discípulos muestran la mentalidad judía acerca de los pobres y los enfermos: son pecadores, porque si sufren algún mal, es que Dios no los bendice, y si no los bendice es porque traen algún pecado atorado: "Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?”, le preguntan ellos. Y los judíos, más severa y ofensivamente, le dicen al ciego: "Tú eres puro pecado desde que naciste”. Este hombre, además de ciego, era pobre: se sentaba a pedir limosna.

La mentalidad, la religión, el espíritu de Jesús es completamente diferente: "ni el pecó ni sus padres”. La enfermedad no es consecuencia inmediata de un pecado personal, es la verdad que nos deja nuestro Señor en el corazón. En los enfermos, en los pobres, en los marginados Dios quiere manifestar su obra, su obra salvadora, radicalmente transformadora de todos los seres humanos: desde la raíz, desde el corazón. Veamos a los pobres y a los enfermos con la mirada de Dios: Dios los quiere hacer nuevos. En el presente estamos viviendo todavía el progreso de la evolución. Dios, en su eternidad, nos hará completamente nuevos, y qué mejor que vayamos haciendo una sociedad acorde con los propósitos de Dios.

Quizá nos produzca un poco de repugnancia el que Jesús haya escupido en el suelo para hacer lodo con su saliva, pero a nosotros nos parece fantástico que use su corporalidad para ser salud y salvación, a eso lo había enviado el Padre. Y con esta señal empiezan los dimes y diretes. ¿Jesús se convierte también en un pecador por haber curado al ciego? Nosotros nos preguntamos ¿cómo es posible que piensen eso? ¡Qué mente tan cerrada, qué corazón tan estrecho, qué religiosidad tan reducida y excluyente! ¿No será la nuestra también así? ¿No será nuestra sociedad así tan excluyente de los pobres y los enfermos?

Pues la señal milagrosa de Jesús es tan profunda que contemplamos al ciego completamente transformado. Jesús le ha abierto los ojos, le ha abierto la mente, le ha soltado la lengua, pues piensa y se expresa mejor que los fariseos. ¿Apoco Dios nos va a tener que pedir permiso para dar vida y salud a las personas en sábado? El ciego defiende a Jesús con una frase contundente que demuestra que es una persona que piensa y discierne las obras de Dios: "Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha”.

El ciego se convierte en discípulo de Jesús y les pregunta: "también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Nosotros, ¿somos discípulos de Moisés o de Jesucristo? Desde luego que nuestro Maestro es Jesús, por encima de cualquier patriarca o profeta. Nosotros discernimos la voluntad de Dios expresada en la Sagrada Escritura siempre a partir de las enseñanzas y de toda la persona de Jesucristo. Pues por haber defendido a Jesús, no solamente a sí mismo, esto le vale que lo expulsen de la sinagoga. Lo mismo se hace en nuestros tiempos: a las personas que no se amoldan a nuestras instituciones, los excluimos. Pero finalmente, a este que fuera ciego, Jesús le abre el corazón, se convierte en un verdadero creyente: "¿Y quién es Señor, para que yo crea en él?” Y responde: "Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

La ceguera más grave está en el corazón, el que no quiere ver: "Entonces ¿también nosotros somos ciegos?”, le preguntan los fariseos.

Este pasaje de la transformación de un ciego de nacimiento concluye hasta el capítulo siguiente, con las parábolas de la puerta del redil que es Jesús, pero que algunos quieren cerrar a los excluidos; y con la parábola del Buen Pastor y de los malos pastores.

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.

 


 

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