JESUCRISTO ES MI VIDA
Domingo 5° de cuaresma, 22 de marzo de 2026
Juan
11,1-45.-
En aquel tiempo, se encontraba enfermo Lázaro, en Betania, el pueblo de
María y de su hermana Marta. María era la que una vez ungió al Señor con
perfume y le enjugó los pies con su cabellera. El enfermo era su hermano
Lázaro. Por eso las dos hermanas le mandaron decir a Jesús: "Señor, el amigo a
quien tanto quieres está enfermo”.
Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino
que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado
por ella”.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se
enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que
se hallaba. Después dijo a sus discípulos: "Vayamos otra vez Judea”. Los
discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco que los judíos querían apedrearte,
¿y tú vas a volver allá?” Jesús les contestó: "¿Acaso no tiene doce horas el
día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en
cambio, el que camina de noche tropieza, porque le falta la luz”.
Dijo esto y luego añadió: "Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero
yo voy ahora a despertarlo”. Entonces le dijeron sus discípulos: "Señor si
duerme, es que va a sanar”. Jesús hablaba de la muerte, pero ellos creyeron que
hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto,
y me alegro por ustedes de no haber estado ahí, para que crean. Ahora, vamos
allá”. Entonces Tomás, por sobrenombre el Gemelo, dijo a los demás discípulos:
"Vayamos también nosotros, para morir con él”.
Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.
Betania quedaba cerca de Jerusalén, como a unos dos kilómetros y medio, y
muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para consolarlas por la muerte
de su hermano. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero
María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí,
no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora estoy segura de que Dios te
concederá cuanto le pidas”. Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará”. Marta
respondió: "Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le
dijo: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees
tú esto?” Ella le contestó: "Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías,
el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.
Después de decir estas palabras, fue a buscar a su hermana María y le
dijo en voz baja: "Ya vino el Maestro y te llama”. Al oír esto, María se
levantó en el acto y salió hacia donde estaba Jesús, porque él no había llegado
aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los
judíos que estaban con María en la casa, consolándola, viendo que ella se
levantaba y salía de prisa, pensaron que iba al sepulcro para llorar ahí y la
siguieron.
Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo, se echó a sus pies y
le dijo: ''Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Jesús,
al verla llorar y al ver llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió
hasta lo más hondo y preguntó: "¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: "Ven,
Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: "De veras
¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: "¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego
de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?” Jesús, profundamente conmovido
todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa.
Entonces dijo Jesús: "Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había
muerto, le replicó: "Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo
Jesús: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces
quitaron la piedra.
Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy gracias porque
me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a
causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”.
Luego gritó con voz potente: "¡Lázaro, sal de ahí!” Y salió el muerto, atados
con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
"Desátenlo, para que pueda andar”.
Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo
que había hecho Jesús, creyeron en él.
Un comentario. -
Betania era un pequeño pueblito muy cerca de Jerusalén. Ahí Jesús se
hospedaba cuando subía a la ciudad. Nos dice el evangelista que "Jesús amaba a Marta, a su hermana y a
Lázaro”. Como que a veces, entre nosotros, le tenemos miedo a la palabra
‘amar’. Jesús amaba a Martha y a María, pero eso no quiere decir que eran su
pareja. Lo mismo que Lázaro, era un amigo al que amaba Jesús. Así lo dice el
evangelista sin temor a que vaya a ser malinterpretado. Dichosos estos
hermanos. Lo mismo hemos de decir y sentir nosotros en nuestro tiempo:
Jesucristo es un visitante permanente en nuestros hogares y personas. No sólo
somos sus discípulos en sentido académico, sino sus seres queridos. Nos encanta
estar con él y que él esté con nosotros. Nos encanta escucharlo y hablarnos de
‘tú’ con él. Hay sacerdotes y obispos a los que no les gusta que les hablen de
‘tú’, porque sienten que se rebajan. Jesucristo es distinto, a él sí le
hablamos de ´tú’ porque nos queremos como amigos.
Todos los cristianos, especialmente los sacerdotes y obispos, hemos de
preguntarnos si amamos a las personas, parientes, amigos, las gentes de las
parroquias que atendemos, o sólo nos encontramos con ellas funcionalmente. Es
una gracia pasar tiempos por ciudades y pueblos y conservar a esas gentes en el
corazón. Lo aprendemos de Jesús.
Pues ése es el mensaje que le envían a allá donde se encuentra: "Señor, el amigo a quien tanto quieres está
enfermo”. Pero Jesús se tarda para
llegar a Betania. Eso nos dice que la labor pastoral de Jesús no es un asunto
de urgencias. Así ha de ser la labor pastoral de nuestra Iglesia y la vida
cristiana toda. Nada de que se está muriendo el enfermo y hay que correr para
ver si se le alcanza. No hay en los evangelios algún indicio de que Jesús
anduviera corriendo detrás de las personas, para evangelizarlos, para salvarlos
en el último momento. Hay que seguirle el paso a la vida. Mejor hay que
responder a los momentos de Dios. Y así lo hace el Hijo de Dios.
Así llega Jesús a Betania y se queda en las afueras del pueblito, para
que alguna de las hermanas vaya por él y lo conduzca a la casa. Estas pausas
eran muy propias de los pueblos orientales. No son los apuros de la vida
moderna.
Qué diálogo tan interesante y profundo entabla Jesús con Martha. Ésta
le dice, con toda confianza y quizá con un poco de reclamo o lamento: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría
muerto mi hermano”. Ella sabe que el Padre escucha a Jesús, pero
probablemente no tenía idea clara en la resurrección de su hermano, sino hasta
el final de los tiempos. Y éste es el mensaje para nosotros que hay que
desentrañar en las palabras de Jesús.
"Tu hermano resucitará”. Propiamente habría que traducir "tu hermano se levantará”. ‘Anastésetai’,
en el griego del evangelio, quiere decir eso, estar arriba, levantarse. Y
Martha le responde: "Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día”. Y nosotros nos
preguntamos: nuestros católicos ¿todavía creen en la resurrección del último
día? Porque hay muchos que, siguiendo la mentalidad mundana de nuestro tiempo,
dicen que a cada quien le toca vivir aquí su cielo o su infierno, que no hay
vida más allá. Martha sí creía en la vida eterna, pero hasta el final de los
tiempos.
Jesucristo le precisa:
"Yo soy la resurrección y
la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está
vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” También nosotros preguntémonos si lo creemos, es más, si lo entendemos
y así lo vivimos. No dice Jesús que será la resurrección y la vida en el último
día, sino en tiempo presente: "yo soy”. Quien cree en Jesús, quien lo ha dejado
entrar a su vida, quien se ha entregado a él, ya no morirá, porque Jesús es su
vida. Es la vida en el Espíritu de la que nos habla san Pablo en la primera
lectura: "si Cristo vive en
ustedes, aunque su cuerpo siga sujeto a la muerte a causa del pecado, su
espíritu vive a causa de la actividad salvadora de Dios”. La vida eterna, la vida plena, la
vida verdadera, la vida que merece ser vivida es que Jesús viva en cada uno y
en todos. En otra carta san Pablo nos dice cómo lo vivió él: "ya no soy yo el que vive, sino que es Cristo quien vive en mí; y la vida que vivo al presente en
la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo
por mí” (Gálatas 2,20).
Y, en otro lugar: "para mí la vida es
Cristo, y la muerte, una ganancia” (Filipenses 1,21). Esto es lo que hemos
de trabajar en todo cristiano y en todo ser humano, no una fe superficial sino
una fe honda que echa sus raíces en la Persona de Cristo.
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.