Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





¿QUÉ SEÑALES DAMOS DE QUE JESÚS ES LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA?

Domingo 12 de abril de 2026, 2° de pascua

Juan 20,19-31.-

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

Tomás, uno de los Doce, a quien llamaban el Gemelo, no estaba con ellos cuando vino Jesús, y los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor”. Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y si no meto mi dedo en los agujeros de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Ocho días después, estaban reunidos los discípulos a puerta cerrada y Tomás estaba con ellos. Jesús se presentó de nuevo en medio de ellos y les dijo: "La paz esté con ustedes’’. Luego le dijo a Tomás: "Aquí están mis manos; acerca tu dedo. Trae acá tu mano, métela en mi costado y no sigas dudando, sino cree”. Tomás le respondió:’ "¡Señor mío y Dios mío!” Jesús añadió: "Tú crees porque me has visto; dichosos los que creen sin haber visto”.

Otros muchos signos hizo Jesús en presencia de sus discípulos, pero no están escritos en este libro. Se escribieron éstos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

 

Un comentario. -

Según el evangelista san Juan, no fueron los apóstoles los primeros en encontrarse con Jesucristo resucitado, sino una mujer. El domingo pasado escuchamos en el evangelio, que María Magdalena, una discípula profundamente enamorada del Maestro, se había quedado llorando a las puertas del sepulcro porque pensaba que Jesucristo era uno más de los tantos desaparecidos que se cuentan hoy en día. Esta mujer, y de ella debemos aprender especialmente los varones, no tenía una relación superficial o funcional con Jesús. Desde Galilea se había dejado cautivar por el Hijo de Dios. Al igual que lo quiere hacer con todos nosotros, Jesucristo le había ‘robado’ el corazón. Permítanme repetir la frase del apóstol san Pedro en la segunda lectura: "A Cristo Jesús ustedes no lo han visto y, sin embargo, lo aman”. Cómo es de desear que todo católico-católica viva en esa relación con Jesús, una relación de amor. Quien no vive esa relación amorosa y efectiva, no es nada, ni católico, ni creyente, ni mucho menos cristiano. Nosotros no hemos visto, tocado (veamos 1 Juan 1,1), oído a Jesucristo en ese Cuerpo maravilloso que fue concebido en el vientre de la virgen María. No lo hemos visto físicamente, pero tenemos una ventaja muy grande en relación con aquellas gentes de los primeros tiempos de la Iglesia: ellos no conocieron, ya escritos, los santos evangelios. Nosotros no solamente contamos con ellos, sino que están más que al alcance de nuestras manos, porque los tenemos ya impresos y muchas personas hasta los tienen en sus aparatitos electrónicos. La imprenta tardó mil quinientos años en inventarse, y, en la Iglesia católica apenas empezó a promoverse el conocimiento de la Palabra de Dios escrita, hasta apenas unos 60 años. Ahora, al menos en nuestra diócesis de Chihuahua, ya es costumbre establecida que toda familia tenga la Biblia en casa. Es pues, un medio privilegiado, no el único, para alimentar nuestra relación amorosa con Jesucristo resucitado.

Otro elemento con el que contamos los católicos para vivir efectivamente nuestra relación de amor con Jesucristo, es la misa dominical. El pasaje evangélico de hoy nos habla de la reunión de los discípulos de Jesús y su encuentro con el Resucitado. El primer día de la semana judía estaban encerrados por miedo a los judíos, los cuales, tres días antes habían crucificado a su Maestro. Pero, a pesar de que todo estaba cerrado, el Resucitado se hizo presente en medio de ellos. Y, al octavo día, de nueva cuenta se encuentra Jesús con ellos. Y así sucesivamente nosotros, domingo tras domingo, nos reunimos como comunidad creyente, como familia de sus discípulos, y ahí el Resucitado se hace presente, no como un recuerdo, sino como un Viviente que nos sigue congregando en torno suyo, que nos sigue instruyendo, educando, vitalizando, fortaleciendo, llenándonos de gracia, salvación, amor, misericordia.

Permítanme repetir: La Misa no es tanto un acto de culto externo. Es el encuentro de los discípulos como hermanos, hijos de un solo Padre (veamos Mateo 23,8), donde dos o tres nos reunimos en su nombre, para que él esté en medio de nosotros (veamos Mateo 18,20). En la Misa nos ponemos a la escucha de su Palabra; en Misa, vivimos la caridad para con los más pobres, en ellos nos relacionamos con Jesús (veamos Mateo 25,40). En la Misa vivimos su mandamiento nuevo del amor: amarnos unos a otros como él nos ha amado (veamos Juan 15,12). En la Misa, Jesús nos envía a dar testimonio de su vida resucitada, la buena noticia para todo nuestro mundo. Para esto, sopla sobre nosotros a su Santo Espíritu, porque no podemos atenernos a nuestras fuerzas o cualidades, sino a la fuerza de Dios mismo.

La primera comunidad cristiana, según san Lucas (lo escuchamos en la primera lectura de hoy), así puso en práctica su fe en la resurrección de Jesús. No sólo se pusieron a decir con palabras "Jesucristo vive, ha resucitado”, sino que lo vivieron efectivamente con una vida nueva: "Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Los que eran dueños de bienes o propiedades los vendían, y el producto era distribuido entre todos, según las necesidades de cada uno”. Repasemos cada quien la primera lectura de hoy, y vivámosla como un ideal al que tenemos que conducir a todo nuestro mundo. Seamos audaces en promover este ‘comunismo’ de inspiración cristiana. No nos amoldemos a este mundo a esta sociedad (veamos Romanos 12,2). Vivamos con alegría y humildad la vida nueva del Resucitado.

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.

 


 

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