Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





LA RELACIÓN QUE JESUCRISTO QUIERE CON NOSOTROS

Domingo del Buen Pastor, 26 de abril de 2026, 4° de pascua

Juan 10,1-10.-

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: "Yo les aseguro que el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido; pero el que entra por la puerta, ése es el pastor de las ovejas. A ése le abre el que cuida la puerta, y las ovejas reconocen su voz; él llama a cada una por su nombre y las conduce afuera. Y cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y ellas lo siguen, porque conocen su voz. Pero a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.

Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron lo que les quería decir. Por eso añadió: "Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes que yo son ladrones y bandidos; pero mis ovejas no los han escuchado.

Yo soy la puerta; quien entre por mí se salvará, podrá entrar y salir y encontrará pastos. El ladrón sólo viene a robar, a matar y a destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

 

Comentario. -

Jesucristo está ofreciéndonos estas parábolas, de la puerta del redil y del buen pastor de las ovejas, para describirse a sí mismo y mostrarnos el amor con que el Padre eterno quiere conducir a las personas hacia la vida, la vida plena y verdadera. En Jesús no son meras palabras, son hechos, son obras, son vida. Es necesario que leamos los capítulos 9 y 10 juntos de este evangelio según san Juan, para entender y vivir, y valorar mejor estas parábolas.

Jesucristo estaba hablando ante los fariseos y demás dirigentes del pueblo. A ellos se refieren estas palabras: "el que no entra por la puerta del redil de las ovejas, sino que salta por otro lado, es un ladrón, un bandido”. Sí, así los cataloga Jesús. Y es que Jesús está enojado con ellos, muy enojado, porque en vez de atender positivamente a los pobres, a los enfermos, a los sufrientes, mejor los desprecian encerrándose en su religiosidad excluyente. Y está hablando de hechos evidentes.

Jesús se encontró con un ciego de nacimiento, que pedía limosna a la orilla del camino. Este pasaje evangélico nos tocó proclamarlo en el 4° domingo de cuaresma, el 15 de marzo. La religiosidad judía consideraba a este ciego un pecador, un pecado de pies a cabeza. ¿Por qué? Porque estaba ciego desde su nacimiento. Y nosotros nos preguntamos, ¿y qué culpa tenía él o sus padres? Pues ninguna, decimos nosotros, cristianos de este tiempo. Pero aquellas gentes, incluso en la base del pueblo, porque así se lo habían enseñado sus dirigentes, pensaban que toda enfermedad y toda desgracia, hasta la pobreza misma y la enfermedad, eran signos del pecado. Si Dios no los bendecía, es que eran pecadores, y eso se les notaba por fuera, eran impuros, y por lo mismo, segregados, descartados de la sociedad y de la religión.

Sin embargo, Jesucristo era todo lo contrario. Él sí se acercó al ciego, lo tomó en sus manos, prácticamente lo atendió con cuidados maternos, le untó lodo con su saliva, en los ojos, y lo mandó a lavarse a la piscina de Siloé, el Enviado, que es Jesús mismo. Y con eso, no sólo le abre los ojos, sino también la mente, los labios, el corazón. Jesús hace de este limosnero pobre un hombre vidente, hablante, pensante, creyente, un valiente en toda forma, un hombre completo. Este ciego, hay que decirlo de paso, es figura y signo del ser humano que Dios quiere, en este ciego nos hemos de ver todos nosotros y a todo el pueblo de Dios. Ésa es la humanidad que Dios quiere, la nueva creación a la que nos quiere conducir.

Pero los seres humanos, especialmente los que gozan de poder, nos oponemos a esa obra que es la voluntad de Dios, dar vida a sus ovejas. Jesús escogió esta figura de las ovejas por las particularidades de estos animalitos, que nos llaman a la ternura. No es que Dios nos quiera tratar como a meros animalitos, sí lo somos, mamíferos, pero él nos ha creado como seres espirituales. Y como Jesucristo recurre constantemente a las comparaciones, llamadas parábolas, se vale de estos animalitos. No es lo mismo cabras, vacas o caballos. Las ovejas son animalitos muy dóciles, que necesitan mucha protección, que dependen de un pastor que los lleve a tomar agua y alimentarse de buenos pastos. Desde la antigüedad, la palabra de Dios recurría a esta comparación: el salmo 23, que recitamos hoy; los profetas: "Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas” (Isaías 40,11); "ustedes, ovejas mías, son el rebaño humano que yo apaciento, y yo soy su Dios” (Ezequiel 34,31); "pondré al frente de ellas pastores que las apacienten… suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra” (Jeremías 23,4); y en otros evangelios: "al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas” (Marcos 6,34; Mateo 9,36).

Dios quiere tener un cuidado tierno y materno, más que paterno, con sus hijos todos. Jesucristo vive este mismo sentimiento y nos lo quiere transmitir, porque debe haber correspondencia entre ambas partes. ¿Qué dice de nosotros en correspondencia? "las ovejas reconocen su voz” … "ellas lo siguen, porque conocen su voz” … "a un extraño no lo seguirán”.

Ante estas enseñanzas, no nos cansamos de repetir e insistir, y todos tenemos que hacer llegar este deseo y buena voluntad de Jesús a nosotros y al resto de nuestros católicos: Cristo quiere una relación de escucha y seguimiento de parte de todos nosotros, para comunicarnos su vida, su vitalidad, su alegría, su gracia, su salvación. Y, hay que decir, que esa vitalidad y esa gracia es la que hemos de hacer llegar a todo el mundo.

El catolicismo que actualmente estamos viviendo no es la religiosidad que aquí nos expresa Jesús. Es decir, Jesucristo no vino a establecer la indiferencia religiosa, el desconocimiento de su persona, los oídos sordos a esa voz que nos guía.

Obispo, sacerdotes, laicos comprometidos, hemos de revisar, en términos concretos, cómo estamos promoviendo una religiosidad de escucha y reconocimiento de la voz de nuestro pastor, Jesucristo en los evangelios, y una religiosidad de seguimiento de sus pasos, con creatividad, con actualización. ¿O continuamos con esa ‘pastoral’ cultualista, devocionista, sacramentalista, eventualista de siempre? Seamos pastores con olor a ovejas, no figuras encerradas en el culto.

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.

 


 

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