Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     


("¿Cómo se puede adquirir el espíritu de Dios? Estudiando el Santo Evangelio y orando mucho… hay que leer y releer el Santo Evangelio, penetrarse de él, estudiarlo, saberlo de memoria, estudiar cada palabra, cada acción, para captar su sentido y hacerlo pasar a los propios pensamientos y a las propias acciones”. Antonio Chevrier, El Verdadero Discípulo, p 227).

 

NECESITAMOS AL ESPÍRITU DE DIOS

Pentecostés, 24 de mayo de 2026

Hechos 2,1-11.-

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.

En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.

Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: "¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

 

Juan 20,19-23.-

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría.

De nuevo les dijo Jesús: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”. Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

 

Un comentario. -

El momento culminante de la pascua de Cristo ha sido la donación del Santo Espíritu de Dios. San Lucas, en el libro de los Hechos de los apóstoles, como lo hemos escuchado en la primera lectura, nos dice que este acontecimiento sucedió en el 50° día de la pascua (cincuentavo se dice en griego ‘pentecoste’). San Juan, en cambio, y lo escuchamos en el pasaje evangélico de hoy, nos dice que esto sucedió el mismo día que Jesucristo resucitó. Difieren en las matemáticas, pero coinciden en el misterio divino: Jesucristo resucitó y nos otorgó su santo Espíritu, el mismo Espíritu que lo condujo a lo largo de su vida encarnada, más aún, el mismo Espíritu con el que ha vivido en comunión también con Dios nuestro Padre a lo largo de toda la eternidad. La liturgia sigue los números de san Lucas. Hoy es el 50° de la pascua. El domingo de resurrección lo hemos celebrado el pasado 5 de abril.

San Lucas, en el libro de los Hechos, se vale de estos números para expresarnos que la venida del Espíritu Santo es la plenitud de la pascua de Cristo, y la plenitud de toda la Obra de la salvación y transformación profunda y de raíz de esta humanidad. Durante 40 días se estuvo apareciendo Jesús resucitado a sus discípulos. Ya sabemos que el número 40 en la Biblia es un número que expresa plenitud. Y las siete semanas (siete por siete), coronadas por el 50° día, el domingo, son también un número de plenitud.

Así es que, están hablando de lo mismo: Dios quiere sellar, marcar su Obra de redención impregnándonos con su santo Espíritu.

Partamos para esto de nuestra triste realidad. La violencia, las guerras, el consumismo, el materialismo, el amor al dinero, la mentira que reina por doquier, desde nuestros hogares, pasando por nuestros ambientes laborales, por la calle, los medios de comunicación, la política, hasta en nuestra propia Iglesia; las trampas, la corrupción, el odio, el egoísmo (egocentrismo, egolatría), la indiferencia ante tantas cosas, etc., etc., son los signos palpables de que todavía, a pesar de que han transcurrido miles y miles de años de humanidad (y deshumanidad), continuamos siendo animalitos. Dios no nos creó solamente como carne, somos también espíritu. Dios quiere que vayamos evolucionando hacia la plena espiritualidad. ¡Qué hermoso será nuestro mundo, qué hermosa será toda nuestra humanidad cuando nos dejemos impregnar y conducir por el Santo Espíritu de Dios! El Hijo de Dios encarnado nos da el modelo del trabajo que el Padre quiere realizar en cada uno de nosotros y en todos juntos mediante su Santo Espíritu. Contemplémoslo en los santos evangelios:

Como un acto de suprema obediencia al Padre, el Hijo eterno se encarnó como uno de nosotros. ¡Y vaya la manera de encarnarse! Como un pobre, en un poblado sin la más mínima importancia en el imperio romano de aquel tiempo, Nazaret. ¿Podía salir algo bueno de este pobladito? (de pobres, jornaleros, artesanos sin tierra, pastores de rebaños ajenos), se preguntaba Natanael (Juan 1,46). Pues de ahí surgió el más bello de los seres humanos, por obra del Espíritu Santo en el vientre de una jovencita tan pobre como sus demás parientes nazaretanos. Y nació en un portal de Belén, en las afueras de la ciudad de Jerusalén (de ninguna manera al amparo del templo). Y vivió como un pobre, conducido por el Espíritu, hacia los pobres, los pecadores, los marginados, los impuros, los extranjeros, como fue toda la vida de Jesús en Galilea: "Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto… Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región” (Lucas 4,1.14).

Y dejo que san Pedro, en casa de un pagano, nos dé una síntesis de la vida de este pobre galileo: "Ustedes saben lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él... y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos… Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles” (Hechos 10,37-45).

Así es: Dios quiere otorgarnos su Santo Espíritu para culminar su obra creadora en nosotros, porque aún estamos en tránsito en este proceso evolutivo. ¿Por qué resistirnos tanto a dejar entrar al Espíritu Divino en cada uno de nosotros y en todo nuestro mundo? ¿Por qué nos aferramos a esta carnalidad y a sus impulsos que sólo nos conducen a la perdición?

Los cristianos (laicos, religiosas, sacerdotes, obispos) tenemos la misión de vivir la vida en el Espíritu para comunicársela a nuestro mundo. Somos los menos indicados a aferrarnos a nosotros mismos. No vivamos nuestra religión superficialmente, vivamos la Espiritualidad profundamente.

Invitemos, conduzcamos a todos nuestros católicos hacia la lectura de los santos evangelios. Decía un sacerdote muy santo, cuyo bicentenario de nacimiento estamos celebrando: "¿Cómo se puede adquirir el espíritu de Dios? Estudiando el Santo Evangelio y orando mucho… hay que leer y releer el Santo Evangelio, penetrarse de él, estudiarlo, saberlo de memoria, estudiar cada palabra, cada acción, para captar su sentido y hacerlo pasar a los propios pensamientos y a las propias acciones” (El Verdadero Discípulo, p. 227).

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.


 

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