Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





¿EN CUÁL DIOS CREEMOS?

Domingo de la Santísima Trinidad, 31 de mayo de 2026

Juan 3,16-18.-

 "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios”.

Un comentario. -

Hoy (como todos los días) celebramos, en la Iglesia católica, al Dios en el que creemos, el Dios de Jesucristo, el único Dios verdadero, el Dios de la Biblia: Dios que es tres personas.

Todos los que nos decimos creyentes nos hemos de preguntar, las veces que sean necesarias, y responder meditadamente, profundamente, seriamente, etc., ¿en qué Dios creemos, en cuál Dios tenemos puesta nuestra fe? La pregunta parece innecesaria si pensamos que hay un solo Dios verdadero y nada más. Pero, una cosa es Dios y otra cosa es la imagen de Dios que vivimos los creyentes en la mente y en el corazón.

Y es que, según sea el Dios en el que creamos así será nuestra religiosidad y nuestra vida. En el mundo hay y ha habido muchas maneras de creer en Dios, desde los muchos dioses de culturas y pueblos de la antigüedad hasta el monoteísmo de algunos. Tres religiones creemos en un solo Dios verdadero: los judíos, los musulmanes y los cristianos. Y, sin embargo, qué diferente es la manera de vivir la fe en ese único Dios. Incluso entre nosotros los católicos. Hay católicos que viven su fe con mucha indiferencia. No conocen a Dios, no se esfuerzan por conocerlo, no viven la obediencia a su Palabra porque ni siquiera leen la Biblia. Qué Dios tan diferente vivieron nuestros santos mártires, testigos hasta derramar su sangre por vivir su santa Voluntad, siguiendo los pasos del Maestro, quien entregó su vida en la cruz por la salvación del mundo.

En los santos evangelios constatamos esas diferencias. ¿Acaso no era el mismo Dios en el que creían los sumos sacerdotes, escribas, fariseos, etc., y Jesucristo? Pues teóricamente sí, pero la religiosidad de unos y de Otro era sumamente diferente. En el pasaje evangélico que hemos escuchado hoy, Jesucristo platica con un magistrado judío, Nicodemo. Ambos creen en el mismo Dios, pero sólo Jesucristo vivía el amor del Padre por el mundo, una verdad difícil de aceptar en la religión judía.

En la primera lectura, tomada del Éxodo, escuchamos cómo Dios revela su ser y su identidad más profunda ante Moisés, su siervo: "Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Y nos preguntamos, ¿por qué los dirigentes del pueblo le presentaban una imagen diferente? Un Dios distante, severo, que excluía a los pecadores, a los pobres y enfermos.

Nuestro Señor nos muestra a un Dios que es Padre. Como 120 veces encuentro, tan sólo en el evangelio según san Juan, la palabra ‘Padre’ referida a Dios. Dios no es sólo el Creador del universo, sino un Padre que se preocupa por sus criaturas, un Padre que les brinda de comer y tantas atenciones a sus hijos con ternura. Un Padre tan sorprendente hasta el escalofrío como el Padre de la parábola de Lucas 15, que ama al hijo que se le ha perdido. Por eso nuestro Señor buscaba a los pecadores, porque el Padre no quería que se le perdiera un solo de ellos: "no es voluntad de su Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños” (Mateo 18,14). Jesucristo se identifica con el Padre como un verdadero Hijo: "Yo y el Padre somos uno” (Juan 10,30), y por eso lo querían apedrear los judíos y por eso lo crucificaron.

Nosotros, ¿nos relacionamos con Dios Padre como verdaderos hijos? No vivamos como personas abandonadas sin padre, porque proyectamos con nuestra vida una mala imagen de Dios nuestro Padre. No digamos solamente que creemos, vivamos el amor, la confianza, la entrega, la obediencia, la escucha a este Padre.

Creemos en el Hijo eterno de Dios que se encarnó como un ser humano verdadero, para vivir como un hermano nuestro, como un pobre, para que lo pudiéramos ver, oír, tocar (1 carta de Juan 1,1). Creer en Jesucristo no es algo que se dice solamente, o se piensa. La fe se vive o queda en puro aire, hay que hacérselo ver a todos nuestros católicos y a nosotros mismos. Y creer en el Hijo no es creer en una imaginación, en una idea, en un slogan que sólo se repite en el vacío. Creen verdaderamente en Jesucristo quienes lo escuchan en los santos evangelios, quienes aceptan sus enseñanzas y sus hechos de vida como el camino de la salvación de toda nuestra humanidad, quienes lo escuchan con obediencia y con cariño y están dispuestos a seguir sus pasos. Él mismo nos enseña a vivir su Palabra: "Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he cumplido los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15,10). No pensemos que nuestra Iglesia vive en automático las enseñanzas de Jesús, porque nuestras tradiciones humanas se sobreponen al precepto de Dios, como lo denuncia nuestro Señor: "En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Dejando el precepto de Dios, se aferran a la tradición de los hombres” (Marcos 7,7). Gran parte de nuestra superestructura eclesiástica es creación humana. Es necesario revisar infinidad de cosas para adecuarnos a la mente y al corazón de Jesucristo.

Creer en el Espíritu Santo Dios no es algo que meramente se dice o se piensa. Quienes verdaderamente creen el Espíritu de Dios son los que están atentos permanentemente a sus llamados, quienes se lo piden al Padre, con humildad, con apertura, con ánimo de recibirlo y de asumir los costos de tenerlo. Es necesario leer los santos evangelios para creer que el Espíritu Santo nos puede iluminar para entenderlos y vivirlos como Jesucristo quiere: "Mucho tengo todavía que decirles, pero ahora no pueden con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes” (Juan 16,12).

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.

 


 

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