Maximino Cerezo Barredo, Pintor de la Liberación     





UNA IGLESIA EN SALIDA

Domingo 10° ordinario, 7 de junio de 2026

Mateo 9,9-13.-

En aquel tiempo, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a su mesa de recaudador de impuestos, y le dijo: "Sígueme”. Él se levantó y lo siguió.

Después, cuando estaba a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores se sentaron también a comer con Jesús y sus discípulos. Viendo esto, los fariseos preguntaron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?” Jesús los oyó y les dijo: "No son los sanos los que necesitan de médico, sino los enfermos. Vayan, pues, y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Un comentario. -

A Jesucristo no solamente lo escuchamos, sobre todo lo contemplamos en toda su persona, en sus comportamientos, actitudes, sentimientos, relaciones personales, en toda su manera de ser. Qué bello aparece este galileo marginal. No es una persona distinguida en su sociedad judía, no es un escriba, ni fariseo, ni sacerdote, ni miembro del sanedrín. Y, sin embargo, él es el Hijo eterno de Dios. Después de curar y perdonar a un paralítico, sale de casa y se encuentra a su paso a un publicano sentado a la mesa impuestos, una persona no bien vista porque trabaja para el imperio romano. Nos debe sorprender que Jesús lo llame en su seguimiento. Los magistrados judíos no acostumbraban hacer discípulos a personas no decentes.

Mateo nos dice que lo "vio”. Hemos de pensar que lo mira con el corazón, y mira el corazón de todo mundo. Esa mirada de Jesús convierte, transforma a todo mundo, con ese toque de gracia que le era tan propio. Debe de llamarnos la atención que este Maestro de la Palabra, hombre de Dios, no se mueva por Jerusalén, la ciudad santa, sino por Galilea, tierra de pecadores, y precisamente en Cafarnaúm, plagada de enfermos y alejados de Dios.

Nosotros pensamos que este llamamiento no fue tan repentino como brevemente lo relata el evangelista. Posiblemente hubo todo un proceso vocacional, de gracia-gratuidad, de simpatía de parte de Mateo hacia el Maestro, por sus enseñanzas, que lo llevaron finalmente a seguir sus pasos. Este publicano no había seguido a otro maestro. Jesús llama a un pecador tomado de su mundo publicano, para enviarlo a evangelizar a los pecadores. Esos pecadores somos nosotros que tenemos acceso a Jesús gracias a este magnífico evangelio, de milagros, parábolas, discursos tan profundos de Jesús. Da gusto contemplar a Jesús en este evangelio.

Enseguida, nos platica san Mateo, que Jesús se sienta a compartir la mesa con los pecadores. Hay que decir que, para los judíos, compartir la mesa equivalía a vivir la comunión con los demás comensales. Pues así lo vemos, el Santo entrando en comunión con los marginados de la religión. San Marcos nos dice que Jesús fue a la casa de Leví. En cambio, san Mateo nos dice que los recibió en su casa, en la casa que tenían Simón y Andrés en Cafarnaúm. Sea como haya sido, es una riqueza, porque seguramente así lo había hecho en varias ocasiones: o Jesús va con ellos, o también los recibe en su casa.

Y de nuevo surge la controversia con los escribas o fariseos: ¿por qué el Maestro comparte la mesa con pecadores? Porque a eso vino Jesús, a salvar a los pecadores, no a los que se creen santos. Y, en consecuencia, nos viene el cuestionamiento: como Iglesia, ¿a quiénes nos dedicamos? Pues no tenemos la suficiente claridad ni creatividad para salir al mundo, para ser una Iglesia en salida. Seguimos siempre en lo mismo, en el sacramentalismo, vivimos para el culto, con la gente que viene a nosotros.

Jesucristo era el Evangelio en persona, así nosotros, estamos llamados a ser buena noticia de salvación en medio de nuestro mundo, en medio de las realidades del mundo. Jesucristo nos llama a vivir la primacía de la misericordia y la caridad por encima del cultualismo: "misericordia quiero, no sacrificio” (Mateo 9,13 y 12,7). Estas palabras ya no las acogemos como provenientes de un profeta del antiguo testamento, sino como un ejemplo y mandamiento de nuestro Maestro, porque así lo vemos a lo largo de las páginas de los santos evangelios. A Jesucristo lo movía la misericordia del Padre.

 

Su hermano: Carlos Pérez B., Pbro.

 


 

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