CONOCER A JESUCRISTO LO ES TODO
Domingo 14° ordinario, 5 de julio de 2026
Mateo 11,25-30.-
En aquel tiempo, Jesús exclamó: "¡Yo
te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas
cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias,
Padre, porque así te ha parecido bien.
El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos.
Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí,
todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio.
Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.
Un comentario. -
Hoy Jesucristo nos invita
hoy a aprender de él. El estudio de Evangelio nos lleva precisamente a eso, no
sólo a escuchar sus enseñanzas verbales, sino la gran enseñanza que es toda su
persona.
Primeramente, lo
contemplamos hoy pronunciando una oración muy breve, pero intensa, profunda. El
evangelista san Mateo solamente nos dice que Jesús exclamó o tomó la palabra
para decir esa oración. Pero san Lucas, en este pasaje paralelo, nos dice que
Jesús se llenó de gozo en el Espíritu para decirla (Lucas 10,21). Hay que
enriquecernos con las diversas versiones de los evangelios.
Esta oración nos ha de
motivar a repasar en los santos evangelios las oraciones verbales pronunciadas
por Jesús: todas van dirigidas al Padre. Recordemos el "Padre Nuestro”, de
Mateo 6,9 y Lucas 11,2. La dramática oración "Abbá, Padre”, pronunciada en el huerto de los olivos (Marcos
14,36). La oración ante la sepultura de Lázaro: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado” (Juan 11,41). La
brevísima oración: "Padre, glorifica tu
Nombre” (Juan 12,28). Y la más larga oración verbal, la de la última cena
(Juan 17).
Así es que, aprendamos de
Jesús a orar. Breves pero profundos. Jesús es fiel a su propia enseñanza: "Al orar, no hablen mucho, como los paganos,
que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No sean como ellos,
porque su Padre sabe lo que necesitan antes de pedírselo” (Mateo 6,7).
En la oración que
escuchamos hoy conviene que nos detengamos en lo que dice Jesús. Alaba al Padre
porque ha ocultado ‘estas cosas’ a los sabios y entendidos. ¿Cuáles son esas
cosas? Pues son los misterios de Dios: su proyecto del reino y la manera de
llevarlo a cabo, la inmensa misericordia que lo mueve hacia nosotros, su amor
por los pobres, su perdón ofrecido a los pecadores, etc. Hoy concretamente
menciona el conocimiento de Dios Padre y el conocimiento del Hijo, un don
gratuito que concede a los que él quiere y lo oculta igualmente a los que no
son humildes. ¿Alguien se atrevería a discutirle a Dios Padre sus preferencias?
Pues, a veces nuestras reflexiones, cuando se alejan del Evangelio, sí se van por
otro lado, contradiciendo a Dios.
¿Nosotros alabamos al Padre
porque ama a los pobres, a los últimos, a los marginados? Hemos de alabar al
Padre en todo momento, a lo largo del día, por el sol, por la lluvia, por esta
maravillosa creación, por las personas, por el amor, por la fe, por su Palabra,
por la alegría, pero sobre todo porque nos concede conocerlo y asistirlo en la
gente sencilla, en los enfermos, en los sufrientes, en los más necesitados.
Y, hablando de la gente
sencilla, Jesús nos llama a ir a él. Hermosa invitación que necesita tantísima
gente en este atribulado mundo: "Vengan a mí, todos los que están fatigados y
agobiados por la carga, y yo les daré alivio”. Hay varias maneras
de ir, acercarse, recurrir a Jesús. No vayamos a pensar que Jesucristo es un
artículo mágico de alivio, precisamente esos a los que tanto nos encanta la
magia. ‘Dígame qué rezo para aliviarme’, ‘Dígame qué le llevo a Dios para que
me libre de este problema’.
Muy
claramente nos dice Jesús en este pasaje evangélico cuál es la manera de
recurrir a él: "aprendan de mí, que soy
manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso”. Se trata de todo un
aprendizaje: seamos como Jesús, aunque sea poco a poco, pero persistentemente.
Si fuéramos como Jesús, podríamos llegar a la cruz con esa decisión que lo hizo
él. Pero si no aprendemos de Jesús, seguiremos agobiados por las cargas de este
mundo tan injusto, tan violento, y por esta vida tan frágil cuando carecemos de
fe.
Para todo
cristiano conocer a Jesús lo es todo. El conocimiento de Jesucristo en los
santos evangelios es lo que nos hace cristianos.
Si nos
impregnamos de la espiritualidad de Jesús, caminaremos por esta vida con la
frente en alto, como si flotáramos por encima del suelo.
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.