("Conocer a Jesucristo lo es todo… En él están todos los tesoros de
ciencia y de sabiduría”. Beato Antonio Chevrier, El
Verdadero Discípulo, p. 113).
EL TESORO MUEVE TODA NUESTRA VIDA
Domingo 17° ordinario, 26 de julio de 2026
Mateo 13,44-52.-
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "El Reino de los cielos
se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a
esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.
El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas
finas que, al encontrar una perla muy valiosa, va y vende cuanto tiene y la
compra.
También se parece el Reino de los cielos a la red que los pescadores
echan en el mar y recoge toda clase de peces. Cuando se llena la red, los
pescadores la sacan a la playa y se sientan a escoger los pescados; ponen los
buenos en canastos y tiran los malos. Lo mismo sucederá al final de los tiempos:
vendrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los arrojarán al
horno encendido. Allí será el llanto y la desesperación.
¿Han entendido todo esto?” Ellos le contestaron: "Sí”. Entonces él les
dijo: "Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos es
semejante al padre de familia, que va sacando de su tesoro cosas nuevas y cosas
antiguas”.
Un comentario. -
Recordemos las ocho parábolas de este capítulo 13 de san Mateo con las
que Jesús nos expone y con las que nos invita a entusiasmarnos y a entrar en
ese misterio de Dios para este mundo llamado reino de los cielos: el sembrador,
el trigo y la cizaña, etc.
En los dos domingos pasados escuchamos cuatro, y ahora las cuatro
restantes: el tesoro escondido, la perla preciosa, la red y el padre de
familia. Con estas parábolas, Jesucristo no solamente nos presenta ese proyecto
fantástico del reino de los cielos sino que nos lo hace atractivo para que nos
dejemos conducir a él, para que entremos en comunión con su mente y su corazón:
Dios quiere hacer con nosotros, a partir de los pobres y los sencillos, una
humanidad nueva, donde todos seamos plenamente felices, como hijos suyos, como
verdaderos hermanos.
Así es que hemos escuchado: "El
Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo
encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y
compra aquel campo”. ¿Quién es esa persona que ha encontrado un tesoro
escondido? En este mundo vemos muchas experiencias de gente que se topa con un
tesoro muy apreciado según cada quien: el que juega a la lotería, a veces por
años, y un día se saca el premio mayor. Hay que renunciar a ciertas cosas para
poder comprar ese billete que se sueña sea el premiado. O la persona que se saca
un auto o una casa en un sorteo. También hay numerosos casos en que las
personas se ilusionan con un teléfono celular de calidad, o con un tipo de
ropa, o con un automóvil seminuevo en abonos, o con un viaje, o con un partido
deportivo, etc., etc. Cuando alguien sueña con obtener una cosa muy preciada,
pues hasta se abstiene de comer, o de concederse muchos gustos, y hasta se
endeuda a largo plazo.
Entremos en el corazón de nuestro señor Jesucristo, ¿qué es lo que nos
quiere contagiar? Que pongamos todo nuestro corazón en el reino del Padre, que
pongamos todo nuestro corazón en la persona que encarna en sí mismo ese reino.
Si Jesucristo fuera nuestro tesoro, dejaríamos todo para quedarnos con él. O
por lo menos pondríamos todas las cosas que tenemos, hasta nuestra propia
persona, a girar en torno suyo, al servicio de su proyecto por el cual él
entregó hasta la vida en una cruz.
Fijémonos en el ejemplo de san Pablo. Él era un judío súper convencido
de su religión; tan fanático que hasta se volvió un perseguidor de cristianos.
Pero, un día, en el camino hacia Damasco, en Siria, se encontró, en condiciones
un poco violentas, con un tesoro que le cambió radicalmente toda su vida, toda
su religiosidad, toda su manera de ser y existir: Jesucristo viviente. Y así
nos deja su testimonio: "Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo.
Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de
Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura
para ganar a Cristo” (Filipenses 3,7).
El encuentro con Jesucristo vivo no es cosa reservada a unos cuantos a
los que consideramos santos. El conocimiento y el encuentro con Jesucristo es
una gracia que Dios nos quiere conceder a todos los pequeños y sencillos, y a
todos los que nos hagamos como ellos. En realidad, el verdadero cristiano es
aquel o aquella que ha vivido esta misma experiencia de san Pablo, y de los
discípulos y discípulas de Jesús, y de muchos de nosotros. Sabemos que
Jesucristo no es un accesorio de nuestra vida, o uno más de nuestros quehaceres
y afanes cotidianos. O Jesucristo es un verdadero tesoro, invaluable, y el
centro y el fundamento de nuestras vidas, o no somos nada, ni cristianos, ni
católicos, ni creyentes. Conocer a Jesús, enamorarnos de él, apasionarnos de
él, nos conduce a seguirle los pasos a donde quiera que él vaya; a entrar en
sintonía con su persona que vivió la caridad, el amor, la compasión como lo
primordial de su vida.
Cómo tenemos que trabajar los miembros activos de la Iglesia para
convencernos a nosotros mismos, empezando por el obispo y los sacerdotes, y
siguiendo por todos nuestros apóstoles laicos, y con toda la catoliquiza, de
que busquemos a Jesús, que nos encontremos con él en los santos evangelios, en
los pobres, en los enfermos, en los sacramentos, en la oración. Que no
solamente recemos y tengamos devociones, sino que entremos en Comunión total
con el Hijo eterno de Dios, desde luego con la acción del Espíritu Santo. Y
quienes vivamos con intensidad esta experiencia, que salgamos a contagiar a
todos nuestros hermanos los seres humanos. Recordemos la ya escuchada parábola
de la levadura.
El beato Antonio Chevrier nos ha dejado su testimonio que debe
producirnos escalofrío: "Todo está encerrado en el conocimiento de Dios y
Nuestro Señor Jesucristo. ‘Ésta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el
único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo’… sólo este conocimiento puede
hacer a los sacerdotes” (Juan 17,3). Sólo este conocimiento puede hacer verdaderamente cristiana a una persona.
Su
hermano: Carlos Pérez
B., Pbro.