("…porque no me encuentro bien sino en medio de mis pobres mendigos, a
quienes muchas veces tengo que darles pan”. Beato Antonio
Chevrier, Cartas, # 24).
UN MUNDO DONDE TODOS TENGAN DERECHO AL PAN
Domingo 18° ordinario, 2 de agosto de 2026
Mateo 14,13-21.-
En aquel
tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, subió a una barca
y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió
por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó vio aquella muchedumbre,
se compadeció de ella y curó a los enfermos.
Como ya se
hacía tarde, se acercaron sus discípulos a decirle: "Estamos en despoblado y
empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los caseríos y compren
algo de comer”. Pero Jesús les replicó: "No hace falta que vayan. Denles
ustedes de comer”. Ellos le contestaron: "No tenemos aquí más que cinco panes y
dos pescados”. Él les dijo: "Tráiganmelos”.
Luego mandó que la gente se sentara sobre el pasto, tomó los cinco
panes y los dos pescados, y mirando al cielo, pronunció una bendición, partió
los panes y se los dio a los discípulos para que los distribuyeran a la gente.
Todos comieron hasta saciarse, y con los pedazos que habían sobrado, se
llenaron doce canastos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin
contar a las mujeres y a los niños.
Un comentario. -
En los tres domingos pasados, Jesucristo nos estuvo
presentando el reino de los cielos con parábolas, proyecto del Padre de una
nueva humanidad con y para nosotros. Ahora pasa Jesús a la acción, a las obras
palpables, el milagro de los panes, porque Jesucristo no solamente es un hombre
de palabras sino sobre todo de hechos. Este milagro es una probadita del reino
de los cielos. No me gusta llamarle a este milagro la ‘multiplicación’ de los
panes, porque Jesucristo no multiplicó, palabra que suena más a acto de magia
que a milagro. Lo que Jesucristo hizo fue ‘repartir’ cinco panes y dos pescados
para toda la multitud. La palabra ‘multiplicar’ no la usan los evangelistas en
su narración. Si ustedes ven esta palabra con letras negritas en su Biblia, no
son palabras de Dios, sino frases que utilizan las diversas editoriales que
imprimen las Biblias. La Biblia de Jerusalén, por ejemplo, tan cuidadosa en sus
traducciones, sí le pone a este pasaje el titulito de ‘multiplicación’, pero no
pertenece a los escritores sagrados.
Sería muy conveniente que nosotros, discípulos de
Jesús, escuchas atentos y obedientes a las enseñanzas del Maestro, estudiáramos
los seis relatos de este milagro, que encontramos en los cuatro evangelios, que
seguramente no sucedió una sola vez sino en otras ocasiones. Los encontramos en
Mateo 14 y 15, Marcos 6 y 8, Lucas 9 y Juan 6, para que enriquezcamos nuestro
conocimiento de la Obra de Jesús.
Permítanme tomar como base para este comentario, el
relato de san Marcos. El año próximo nos tocaría leerlo por estas mismas
fechas, pero en vez de leerlo en Marcos, la Iglesia nos hace proclamarlo en san
Juan, para continuar en los domingos siguientes con el discurso del Pan de
Vida. De cualquier manera, san Mateo sigue muy de cerca a san Marcos, en este y
otros pasajes evangélicos. Estos relatos nos hacen entrar en el conocimiento
sublime de nuestro señor Jesucristo.
Primeramente, estos evangelistas nos presentan a
Jesús buscando un lugar solitario, en una barca, pero no consigue estar a
solas, con sus discípulos, apartado de la gente, porque la multitud lo sigue
por tierra. Al desembarcar, se topa pues con la muchedumbre, y en vez de sentir
fastidio, siente compasión por ellos. El milagro, no pasemos esto por alto,
brota de la compasión de Jesús. A Jesús lo mueve la compasión, la que tanto nos
falta a los seres humanos, especialmente a quienes detentan el poder, en la
sociedad y en la Iglesia, y también en muchos que nos decimos pastores. La
compasión (mejor llamada así que ‘empatía’) es un valor que hemos de fomentar
en todas nuestras acciones pastorales y en toda nuestra vida social.
Es san Marcos el que añade: "estaban como ovejas que no
tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas”. Se extendió tanto en su
enseñanza, que se le hizo tarde. El pan y la enseñanza son necesidades
primarias de los seres humanos. Entonces se le acercan los discípulos para
decirle: "Estamos en
despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vayan a los
caseríos y compren algo de comer”. ¿Qué les contesta
Jesús? Pongamos atención a esta sorpresiva frase: "Denles ustedes de comer”. Los discípulos hablan de comprar,
mientras que Jesús habla de dar. Los discípulos se parecen a nosotros, gentes
de este siglo XXI. Pensamos que para comer es necesario comprar, es necesario
el dinero. Pero Jesús, Hijo de Dios, no piensa como nosotros, él piensa como el
Padre eterno. ¿Alguna vez el Padre nos ha pedido dinero para darnos de comer
todos los días? ¿Alguna vez nos ha pedido dinero para mandarnos el sol, un aguacero,
los vegetales y los animalitos que nos comemos? El milagro de los panes sucede
todos los días, aunque, en nuestra inconsciencia, ni cuenta nos damos. Dios nos
ha regalado este universo tan inmenso como fantástico, tan lleno de energía.
Dios nos ha regalado este planeta tan hermoso y tan lleno de vida. Dios nos da
de comer a millones de millones de criaturas suyas, en todas sus formas de
vida, y lo hace GRATUITAMENTE.
San Marcos amplía este diálogo entre Jesús y los discípulos: "¿Vamos nosotros
a comprar doscientos denarios de pan para darles de comer?”, porque siguen pensando en
el dinero. Pero Jesús no se deja atrapar en esta fijeza mental: no pregunta
cuánto dinero tienen, sino "¿cuántos
panes tienen?” Es que la verdad, este mundo tiene alimento suficiente y de
más para darnos de comer. Y Dios nos ha dado de comer mucho antes (cientos de
miles de años antes) de que inventáramos nosotros el dinero.
Este milagro
de los panes habla claramente de Dios, del mundo y de la humanidad que él tiene
proyectado recrear. ¿Alguno de nosotros, los creyentes, se ha imaginado que
vamos a tener que llevarnos el dinero para vivir en el reino eterno de Dios?
Pues no sabemos cómo, ya ni imaginación tenemos para crear un mundo donde todos
los seres humanos tengan acceso a lo más indispensable para vivir. Algunos han
pensado en establecer una sociedad más igualitaria, pero terminan en
dictaduras. Es que se dejan mover por su afán de poder, no por la compasión.
Los creyentes en los proyectos de Dios no perdemos la esperanza, Dios quiere un
mundo más igualitario entre los seres humanos, una verdadera fraternidad donde
reinen el amor, la justicia, la gracia de Dios.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.