("¿Quiénes son los que tienen el Espíritu de Dios? Son aquellos que han
orado mucho y que lo han pedido largo tiempo. Son los que durante mucho tiempo
han estudiado el Santo Evangelio, las palabras y las acciones de Nuestro Señor”. Beato Antonio Chevrier, El Verdadero Discípulo, p. 227).
LA FORTALEZA QUE DA LA ORACIÓN
Domingo 19° ordinario, 9 de agosto de 2026
Mateo 14,22-33.-
En aquel tiempo, (inmediatamente después de la multiplicación de los
panes) Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la
otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al
monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa, y las olas la
sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia
ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua,
se espantaron, y decían: "¡Es un fantasma!” Y daban gritos de terror. Pero
Jesús les dijo enseguida: "Tranquilícense y no teman. Soy yo”.
Entonces le dijo Pedro: "Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando
sobre el agua”. Jesús le contestó: "Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a
caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le
entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: "¡Sálvame, Señor!” Inmediatamente
Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué
dudaste?”
En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en
la barca se postraron ante Jesús diciendo: "Verdaderamente tú eres el Hijo de
Dios”.
Un comentario. -
Si en un
principio, Jesucristo tenía el propósito de retirarse a un lugar solitario para
asimilar la muerte de Juan el Bautista, como lo escuchamos en el evangelio del
domingo pasado, ahora tenía otro motivo más para buscar ese lugar solitario: el
milagro de los panes. Despide pues a sus discípulos en la barca, quienes lo
dejan a pie, despide a la gente y luego sube al monte a orar. La muerte de Juan
era un presagio de su propia muerte. El milagro de los panes podría
proporcionarle un poco de éxito humano, aumentarle el número de sus fans, como
decimos hoy, pero Jesús prefiere presentarse ante el Padre en la soledad del
monte. "Llegada la noche, estaba él solo allí”, hasta la madrugada. Estamos seguros de que Jesús permanecía en
silencio. Es posible que recitara algún salmo u otro pasaje de la Escritura; es
posible que entonara algún canto. Pero lo más seguro es que la oración suya
fuera contemplativa.
Nosotros hemos
de aprender de Jesús a hacer oración. Cómo es necesaria la oración en estos
tiempos de tantos ruidos, activismo, materialismo, incluso en estos tiempos de
tantos problemas y contrariedades, de tanto egoísmo, odios y muertes. No
dejemos que nos atiborre toda esa boruca mundana. Busquemos espacios de retiro
para encontrarnos con Dios. Es cierto que a Dios lo encontramos también en el
ruido, si estamos llenos de Dios mismo; sobre todo lo encontramos
preferentemente en el prójimo, en los pobres. Pero también nos hace falta estar
a solas y en el silencio. No llenemos nuestros momentos de oración con rezos,
palabras nuestras. Sería un desperdicio de oración. Muchas veces los rezos nos
dan cierta tranquilidad, pero no nos llenan de Dios. Y a veces la gente busca
ciertos rezos para salir mágicamente de algunos apuros, pero se topa con que el
miedo y la angustia no desaparecen. Hemos de ejercitarnos en la oración de
Jesús, poco a poco. Y en la medida que vayamos avanzando, iremos notando la
verdadera fortaleza de Dios en nosotros, hasta seremos capaces de persecuciones
y peligros de muerte, como nuestros gloriosos mártires; como Jesús, que se
fortalece en la oración para continuar adelante en su tarea evangelizadora,
desde la pobreza, y para llegar a su entrega de la vida.
Qué bello es
el silencio, qué hermoso, pero a muchos, en esta sociedad moderna, que se
distingue por los gritos y la música estridente, el silencio nos pesa, nos da
miedo. Sigamos el ejemplo del profeta Elías en la primera lectura. En el
silencio nos encontramos con Dios. Y si estamos acostumbrados a leer los santos
evangelios todos los días, en el silencio, esas palabras resonarán en nuestro
interior, no nos las inventaremos, sino que las escucharemos de labios de
Jesús. También en el silencio nos encontramos con nosotros mismos, frente a
frente. También nos tenemos miedo a nosotros mismos, como miedo a mirarnos
atentamente en un espejo. Nos miramos nuestras limitaciones, nuestras
fragilidades, nuestros pecados, nuestras caídas, nuestros errores. Por eso
mejor volteamos la mirada hacia otro lado, preferimos despistarnos. Pero en
Dios contemplamos y sentimos su misericordia.
En esta
ocasión, los discípulos navegaban solos, sin la presencia de Jesús en la barca.
La Iglesia, y también el mundo, es una barca que navega por la vida, por la
historia. Muchos problemas, contrariedades, dificultades, miedos, angustias,
etc., nos zarandean, hasta nos parece que nos ahogan. Tomemos así esta imagen
de los discípulos en la barca.
Veamos estas
dos imágenes contrastantes: Jesucristo que camina por encima de las aguas, como
si flotara; los discípulos, en cambio, que no habían orado, simplemente se
subieron a la barca, sin asimilar la experiencia de los panes, y así reman
mientras el viento les es contrario. Al miedo por el viento y las olas se le
añade un fantasma que creen ver. ¡Qué diferencia entre ellos y Jesús! Más allá
de las imágenes físicas quedémonos con el contenido de estas imágenes: una
persona que baja del monte lleno de Dios, es un hombre tremendamente
espiritual, lleno del Espíritu. No parece que toca el suelo, camina sobre el
agua como si flotara. No sólo no se hunde sino que ni siquiera le hace efecto
el viento y el agua en contra. Y los discípulos dando gritos de terror. Y
Pedro, al igual que nosotros, que se imagina poder imitar a Jesús caminando
sobre el agua. Pero Pedro no venía del monte de la oración. Era débil en su fe.
La imagen de
todas maneras es muy ilustrativa: todos necesitamos de esa mano que nos saca a
flote. No vivamos de una religiosidad aprendida mentalmente. El cristiano, la
Iglesia, no podemos vivir sin la persona de Jesús, necesitamos esa mano, esa
voz que nos saca a flote permanentemente. Encontrémonos con Jesús en los santos
evangelios y tomémonos de su mano en este zarandeo de la vida.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.