("Dios ha puesto en ciertas almas un sentido espiritual y práctico que
encierra más sentido común y espíritu de Dios que el que hay en la cabeza de
los más grandes sabios”. Beato Antonio Chevrier, El
Verdadero Discípulo, p. 218).
MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE
Domingo 20° ordinario, 16 de agosto de 2026
Mateo 15,21-28.-
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la
comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se
puso a gritar: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está
terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola
palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: "Atiéndela, porque
viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: "Yo no he sido enviado
sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.
Ella se acercó entonces
a Jesús y postrada ante él, le dijo: "¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: "No
está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero
ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas
que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: "Mujer, ¡qué
grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó
curada su hija.
Un comentario. -
Tiro y Sidón
están fuera del territorio de Israel, al noroeste de Galilea. Es tierra de
paganos. ¿Por qué vemos a Jesús por allá? Sabemos que también las gentes
paganas lo seguían por sus milagros. Así lo leemos en este evangelio según san
Mateo: "Recorría Jesús
toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino
y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Su fama llegó a toda
Siria… Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y
Judea, y del otro lado del Jordán” (Mateo 4,23). Así es que nos parece muy coherente que Jesús ande por
allá.
Pero leer el
pasaje de hoy, en un principio nos parece extraño y hasta un poco escandaloso,
porque no tenemos a Jesús en ese concepto, un judío que desprecia a los
extranjeros. Lo conocemos de distinta manera en los santos evangelios.
Aquí pues lo
vemos como un judío de los más estrechos y excluyentes. Pero hay que ver que es
todo un proceso pedagógico que va siguiendo, no sólo para bien de esta mujer,
sino sobre todo para bien de nosotros, porque Jesús es nuestro Maestro en sus
palabras y en sus comportamientos. Con este proceso pedagógico hace
resplandecer mucho más a esta mujer como una buena noticia para este mundo, no
sólo para el mundo judío. ¿Una mujer pagana es buena noticia, un evangelio
viviente para este mundo? Claro que sí. Jesucristo mismo es el que la hace
resplandecer. Tenemos que reconocer que los pobres nos evangelizan.
Repasemos el
pasaje: Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón, fuera del país de los
supuestamente ‘creyentes’. Una mujer le grita que tenga compasión de ella y su
hija. Sorpresivamente, nuestro Señor no le contesta una sola palabra. ¿Qué nos
parece esta indiferencia ante una persona que le suplica compasión? ¿Qué no era
la compasión lo que movía a nuestro Maestro? Pero ese comportamiento sube de
tono. Los discípulos le ruegan que la atienda. Ahora son los discípulos los más
compasivos. Pero Jesucristo les responde con una negativa tajante: "Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. No dice "no he venido”, sino "no he
sido enviado”, con lo que involucra también al Padre. Y la cosa llega al
colmo de que esta mujer se postra ante Jesús para decirle, "ayúdame”. A nosotros nos sacude nuestro interior escuchar a una
mujer angustiada… y toparnos con la frialdad de nuestro Maestro que le
responde: "No está bien quitarles el pan
a los hijos para echárselo a los perritos”. Los judíos consideraban perros
o cerdos a los extranjeros. Así vemos a Jesús como un clásico judío encerrado
en su raza, en su cultura religiosa excluyente. Esta mentalidad está muy de
moda en sociedades actuales, como Estados Unidos, Europa, y a muchos otros
países como el nuestro: no queremos a los extranjeros, a los distintos, a los
migrantes, a los indios, a los negros, a los que piensan diferente, a los de
diversidad sexual (muchos piensan que todos son degenerados, y que los
heterosexuales no los somos). A las mujeres las consideramos como seres humanos
de segunda, tanto en la sociedad como en la Iglesia.
Pero qué bueno que Jesús ha tomado
este camino, porque el resultado es el empeño, el ingenio, la seguridad de esta
mujer. Su situación angustiosa es en verdad una seguridad delante de Dios. Y
finalmente Jesús nos sorprende, pero ahora por lo contrario: "mujer, qué grande es tu fe. Que se cumpla
lo que deseas”.
Se trata de una mujer, de una pagana,
seguramente de una pobre. Los judíos no les reconocían a las mujeres capacidad
de tener fe. Pues Jesús, sin haberle pedido que le recitara el credo de los
judíos o de los católicos, sin examinarla en torno a sus prácticas religiosas
la declara creyente, más que creyente, con una fe más grande que en ningún
pasaje de los evangelios vemos que les reconoce a los magistrados judíos: los
fariseos, los escribas, los sumos sacerdotes. ¿Qué diremos en nuestro tiempo,
que son más creyentes los de arriba que los de abajo?
Ésta es la verdadera religión de
nuestro Señor Jesucristo. Definitivamente no es la religión de muchos,
muchísimos católicos, de las altas y de las bajas esferas. Esta estructura
religiosa que se nos ha plantado por encima de los santos evangelios, nos ha
hecho ser excluyentes, encerrados, despreciativos de los diferentes. Hemos de
abrirnos a los inmensos valores de los pueblos paganos, a su riqueza
espiritual, a la riqueza de su vida, y también a sus angustias, sus problemas,
a sus gozos y esperanzas: Dios tiene compasión de ellos. En definitiva, muchos
lo creemos así: el Espíritu Santo trabaja en ellos sin que tenga que pedirnos
permiso, y nosotros ni cuenta nos damos, en nuestro encierro.
Si habitáramos en el evangelio, tanto
los católicos de las cúpulas de nuestra Iglesia como los católicos de la base, tendríamos una mentalidad mucho más abierta como la de Jesús.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.