("Ante todo hay que leer y releer el Santo Evangelio, penetrarse de él,
estudiarlo, saberlo de memoria, estudiar cada palabra, cada acción, para captar
su sentido y hacerlo pasar a los propios pensamientos y a las propias acciones”. Beato Antonio Chevrier, El Verdadero Discípulo, p. 227).
JESUCRISTO, CONOCERLO PARA SEGUIRLO
Domingo 21° ordinario, 23 de agosto de 2026
Mateo 16,13-20.-
En nuestra lectura dominical
continuada del Evangelio según san Mateo, hemos llegado a este punto central,
fundamental en todo el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Estamos en el
capítulo 16. Ya hemos contemplado muchos de sus milagros, escuchado sus
enseñanzas: el sermón de la montaña, el discurso apostólico, el discurso en
parábolas, entre otras. Jesús está a punto de encaminarse a la ciudad de
Jerusalén, donde cerrará admirablemente su ministerio terreno. Antes de llegar
a su meta, ve necesario hacer un alto para revisar, evaluar qué impacto, qué
comprensión de su obra y su misión están teniendo sus seguidores. Versículos
antes ya les había hecho el llamado a abrir los ojos y el entendimiento (Mateo 16,6).
Esto es muy importante, porque de lo contrario, correrían los discípulos el
peligro de distorsionar la obra de Jesús, de hacerse su propia religión, de
hacerse su propia Iglesia, muy a su gusto, como de hecho ha sucedido a lo largo
de los siglos, que hemos dejado a Jesús de lado y hemos hecho una construcción
como la del antiguo testamento, una iglesia de rezos, una iglesia cultualista,
una asociación más de acuerdo a los pensamientos humanos que a los pensamientos
de Jesús, como lo vamos a escuchar el próximo domingo, con el favor de Dios.
Todos los católicos,
sobre todo los que tenemos años siéndolo, hemos de hacer, no sólo una vez, sino
con cierta frecuencia, un alto en nuestro caminar detrás de Jesús. Y si no
venimos caminando detrás de Jesús sino que sólo hemos sido católicos de la
bola, pues con mucha mayor razón hemos de preguntarnos, ¿quién es Jesús para
mí? Hemos de responder desde el corazón y desde nuestra vida.
Para muchos, Jesús es
meramente un adorno religioso, un pasatiempo o entretenimiento, una palabra que
se repite pero sin contenido, un slogan, un pensamiento que no se lleva a la
vida, algo etéreo, que se queda en el aire, una mera imagen plástica o una mera
imaginación, una narrativa o un discurso muy de nosotros. Cada quien se imagina
a Jesús a su gusto y conveniencia. Hay que decirlo con seriedad, con la
seriedad con la que escuchamos hoy la pregunta de Jesús: ¿Quién dice la gente
que es el Hijo del hombre? ¿Quién dicen ustedes que soy yo? Y vaya que tenemos imágenes
de Jesús, pero sólo nos quedamos con la imagen, no con su Persona: el Sagrado
Corazón, el Santo Niño de Atocha, el Señor de los Guerreros, el Divino Rostro.
En la actualidad, nuestros grupos hablan mucho de Jesús, en sus discursos, en
sus cantos. Pero, ¿conocen a Jesús, el de los santos evangelios? Preguntémonos,
¿hemos leído y estamos leyendo los santos evangelios? ¿Nos estamos haciendo un
conocimiento de Jesús a partir de los santos evangelios, en la escucha personal
del mismo Jesucristo?
Vemos en este pasaje
que la gente de aquel tiempo no veía a Jesús como un político del poder, o un
sacerdote. Nunca lo veían oficiando en el templo de Jerusalén, ni nunca lo vieron
gobernando al menos una región de Galilea. La gente lo veía como un profeta,
esos que hablan de parte de Dios, que dicen la verdad con valentía, sin miedo a
las consecuencias, que no lo hacen desde el poder sino desde el despoder.
Hemos de aceptar
nuestra triste realidad. Los sacerdotes, los obispos, no nos hemos dado a la
tarea de convocar permanentemente, a nosotros mismos y a nuestros católicos a
que lean diariamente páginas de los santos evangelios, no como una lectura,
sino como una práctica de escucha del Maestro, para entrar en sintonía con toda
su Persona. Vamos al Evangelio para conocer a Jesús, para amarlo, para seguirle
los pasos hasta donde él nos quiera llevar, que es la entrega de la vida por la
salvación del mundo.
No nos cansemos de insistir: leamos los Evangelios, meditémoslos, grabémonoslos
de memoria, pongámoslos en práctica. No los leamos superficialmente, sino más
concretamente fijémonos en la Persona que ocupa el centro de los Evangelios:
JESÚS. Veamos qué hace, qué dice, cómo lo hace y cómo lo dice, qué piensa de la
sociedad, de la economía, del poder humano, con quiénes se junta, a quiénes
prefiere, con quiénes se pelea y por qué, cómo se relaciona con los pobres,
cómo se relaciona con las gentes del poder, con las gentes más religiosas de su
tiempo, cómo se relaciona Jesús con la naturaleza, cómo se relaciona con el
Padre eterno, etc., etc.
Su hermano: Carlos
Pérez B., Pbro.